Películas «El cine y el arte simplifican la vida»
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Dos propósitos guiaron la vida del astrólogo imaginado por Borges en El jardín de los senderos que se bifurcan: construir una laberinto complejo hasta más allá del infinito y escribir una novela inacabable. Llegados a este punto y puestos a preguntar impertinencias, ¿cuánto puede tardar alguien en cumplir un proyecto tan ambicioso? «En mi caso, siete años», contesta Jaco Van Dormael. Él, obviamente, no es Borges, pero, vista su última película, Las vidas posibles de Mr. Nobody, se le parece. «Sin duda, el autor de El Aleph ha sido una de mis inspiraciones más cercanas», confiesa. Y en efecto, su película es, además de una extraña anomalía en el cine europeo, un furioso y desmedido alegato a favor del infinito. Un niño nace y su vida se rompe en tantas posibilidades como decisiones es capaz de tomar. Y así, a un ritmo geométrico, la vida de Nemo, interpretado por el actor Jared Leto, se multiplica. Por dos, por cuatro, por mil, por cien mil.
«Escribía tres horas al día durante cinco días a la semana. Cuanto más escribía, más ganas tenía de seguir escribiendo. ¿Que me ha llevado casi trece años hacer una nueva película [la última data de 1996]? Bueno, cuando le cuente mi vida a mis nietos, tardaré poco. Me lo agradecerán», dice con una parsimonia infinitesimal. El resultado es una película que retoma el argumento del primer trabajo del director: la deslumbrante Totó el héroe. Entonces una confusión de un niño por otro en el paritorio deshilachaba, por así decirlo, la línea del destino en un ejercicio de probablidades truncadas y cumplidas, mentiras vividas, verdades soñadas y desengaños ajenos. Suena complejo y, en realidad, es la vida.
«Hay dos cosas que me encanta hacer», dice a modo de preámbulo. «Una es rodar y la otra, vivir. Lo primero es sencillo y lo segundo, extremadamente complejo. Y aquí está el reto: hablar de la complejidad, de la vida, a través de un medio que tiende necesariamente a la simplificación. En el arte, todo tiende a un final, todo tiene sentido. En la vida...». Y en los puntos suspensivos deja una nada compleja y sonora carcajada.
Cuenta el cineasta que le preocupa y se ocupa de ámbitos tan dispares, que no disparatados, como la obra de Pirandello («Cada uno de nosotros somos ciento y ninguno»), la pesca («No es cierto que haya pasado todo el tiempo escribiendo, también he pescado») y la física cuántica. Y sobre este último aspecto de su formación se detiene: «Di el guión a leer a Isabelle Stengers, que junto al físico Ilya Prigogine escribió El fin de las certidumbres, para que detectara las posibles estupideces. Me corrigió bastantes cosas». ¿Por ejemplo? «La idea de que el tiempo, asociado al Big Crunch, puede ir en sentido contrario». Cara de asombro. «La verdad es que lo más interesante de la física cuántica es su pulsión poética. No se entiende y, por eso, es interesante. Es, otra vez, como la vida: compleja».
Su obsesión por la complejidad, ¿le viene acaso de su condición de belga? «Quizá. La realidad de mi país es, en efecto, muy complicada. Tengo primos con los que hablo en inglés porque ellos hablan mal francés y yo apenas domino el flamenco. Es así. Pero, a pesar de todo, lo más probable es que no ocurra nada. ¿Qué puede pasar?».
El misterio planteado por Borges en El jardín... se resolvía en un simple libro. La novela era el laberinto y el laberinto no era espacial sino temporal. Y en ésas se encuentra Mr. Nobody, en el laberinto de una película anómala, inabarcable y, pese a las apariencias del reparto, belga, muy belga. La vida, en realidad, es complicadamente belga. Que se lo pregunten si no a Tintín.
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