
Madrid - «Ni el libro ni la arena tienen principio ni fin». Esta frase era la única referencia del libro que Borges compró a un extraño vendedor. Imposible dar dos veces con la misma página; imposible encontrar el principio y el final. Más o menos se antoja que ésta es la sensación que tuvieron Spike Jonze y Dave Eggers cuando cayó en sus manos Donde viven los monstruos, el relato ¿infantil? con alma de texto sagrado firmado por Maurice Sendak en 1963. ¿Cómo es posible convertir un libro de 20 páginas y 19 frases en una película? ¿Y cómo transformar un cuento de 20 páginas y 19 frases en una novela? De lo primero se ha encargado Spike Jonze en compañía, en lo que al guión se refiere, de Dave Eggers y de lo segundo sólo Eggers solo.
Monstruos es el título de la novela de marras. «Mi única preocupación -porque esa era también la preocupación de Maurice Sendak- era ser honesto con la forma de pensar y hablar de un niño», dice Eggers. Más allá de este precepto, Sendak apenas intervino más que para comprobar que todo seguía su curso. Sin indicaciones ni sugerencias. Ni en la película ni en el libro. «Él fue la primera persona que vio cada versión del guión, el mejor editor y el más entusiasta de los fans. Insistía en que la película tenía que ser de verdad. En lo que atañe a la novela, sólo quiso leer el texto terminado. Lo leyó y exclamó 'Mazel tov' [Buena fortuna, en hebreo]. En realidad, el único cambio significativo en la novela es el color del perro de Max».
Cuenta Eggers, que a la novela han ido a parar todas las escenas infilmables o que, simplemente, no cabían en la película. Y así, a Max, el protagonista, se le ve, además de disfrado de lobo, en la escuela, en el colegio... allí donde no se ve en la cinta. «La prosa te permite meterte en la cabeza de un niño, profundizar en su familia y explorar en los paralelismos entre la vida familiar y la de la isla en compañía de los monstruos».
Y en efecto, de alguna forma, las tres piezas de este rompecabezas (el libro de Sendak, la película y la novela) se complementan hasta arrojar la perfecta geografía desolada y confusa de un estado del alma. «Creo que, de alguna manera, todos somos críos de nueve años casi de forma permanente. Siempre hay muchos aspectos de la vida que no entendemos -aunque finjamos que sí-. A través de los ojos de un niño, puedes acceder a determinadas preguntas o a las muchas respuestas que, en realidad, no existen». Decía Jonze que su idea no era contar una historia sino describir una emoción. De hecho, en su película no pasa nada, no ocurre más que «una sensación que se desarrolla en el tiempo». Y esa sensación es universal. Para todos los públicos y edades.
En el mismo sentido, Eggers, como sus admirados Roald Dahl o el Robert Louis Stevenson de La isla del tesoro, pretende un libro que pueda leer un niño de ocho años y un adulto. Y que cada vez que se abra, cambie según el lector, según la mano que lo posea. Y así hasta caer «prisionero del libro», exactamente igual que generación tras generación cayó en el libro de Sendak; igual que Borges en su libro de arena.

La temporada navideña asiste a los estrenos de filmes con más posibilidades para el Oscar. Este año brillan cineastas como David Fincher, Ron Howard, Gus Van Sant, Baz Luhrman o Sam Mendes.
A finales de año se estrena una avalancha de películas de “prestigio” con la intención de posicionarse mejor para la carrera anual de premios que culmina con la ceremonia de los Oscar a finales de febrero. Este 2008 queda señalado por la abundancia de adaptaciones literarias o teatrales, películas épicas de época e historias basadas en la vida real rodadas por algunos de los mejores directores como Clint Eastwood, David Fincher, Bryan Singer, Sam Mendes y Stephen Daldry.
La película que está causando más expectación es la última de David Fincher, una saga de casi tres horas protagonizada por Brad Pitt y Cate Blanchett llamada El curioso caso de Benjamín Button. Fincher y el guionista Eric Roth (Forrest Gump, Munich) han convertido una historia corta de Scott Fitzgerald sobre un hombre que envejece al revés en una odisea al estilo Gump que recorre 80 años del siglo pasado. Usando los efectos digitales y prótesis, Brad Pitt y Cate Blanchett aparecen como ancianos y adolescentes. Es una producción bellamente realizada que dividirá al público entre quienes la consideren perturbadoramente profunda y quienes crean que es pretenciosamente banal. Benjamín Button es el título más caro de los contendientes, 150 millones de dólares, pero muy cerca le sigue Australia, una espléndida película que combina la alta comedia con el drama épico y el comentario social en unos gigantescos 165 minutos de extravaganza. Muchos se han quedado perplejos por los cambios de tono de un filme que protagoniza Nicole Kidman como aristócrata inglesa atrapada en un traslado de ganado por la Australia más inhóspita, pero el director, Baz Lurhman, rebate que ha querido rescatar el gran entretenimiento de clásicos como Lo que el viento se llevó.
La mayoría de las otras aspirantes tienen presupuestos mucho más modestos, como la refinada adaptación que ha realizado Ron Howard de la obra teatral Frost/Nixon, en la que Michael Sheen y Frank Langella retoman sus papeles de Brodway como David Frost y Richard Nixon, respectivamente. Howard aumenta el marco de la obra demostrando sus habilidades cinemáticas y convierte la climática entrevista al ex presidente de 1977 en una de las escenas más apasionantes del año. La impresionante interpretación de Langella tiene asegurada una nominación al Oscar.
Otra adaptación de un reciente hit teatral, Doubt, realizada por el propio dramaturgo John Patrick Stanley no alcanza el mismo nivel que el filme de Howard pero sí contiene una espectacular interpretación de Meryl Streep como la Hermana Aloysius, una monja que comienza a sospechar del comportamiento del cura de la parroquia (Philip Seymour Hoffman) hacia uno de los alumnos. Aunque la interpretación más sorprendente del año es la del laureado Sean Penn en la piel del concejal abiertamente gay de San Francisco Harvey Milk en la excelente película de Gus Van Sant Milk. El filme retrata la década del político en activo, su notoriedad como portavoz de la causa homosexual así como su liderazgo a la hora de prohibir una ley que impedía a los gays trabajar en los colegios. El filme termina con el asesinato de Milk en 1978, y se estrena cuando Estados Unidos está en pleno debate sobre el matrimonio gay.
Si Sean Penn sorprende, Kate Winslet fascina en El lector. Stepehen Daldry adapta la novela homónima de Bernard Schlink –sobre una mujer de treinta años con oscuras conexiones con el Holocausto que seduce a un chaval de quince en la Alemania de 1958– para realizar su mejor película. Es una producción lúcida y moralmente compleja, lejos de la tendencia al sermón en blanco y negro al que Hollywood es tan propicio. Winslet también tiene opciones por su trabajo en Revolutionary Road, de Sam Mendes. De nuevo, un original literario de prestigio, el clásico de Richard Yates, en un filme que destaca por las memorables interpretaciones de la propia Winslet y su compañero, Leonardo DiCaprio.
Clint Eastwood tiene muchas más posibilidades de triunfar con la segunda película que estrena en 2008, Gran Torino que con la primera, El intercambio. Aunque ésta es una conmovedora historia sobre el rapto de un niño, el veterano director brilla especialmente en Gran Torino, donde interpreta a un viejo racista que desarrolla una extraña relación con un chaval asiático vecino suyo. Lo mejor de su cine está allí: el humanismo, la compasión, la ternura y la tristeza de la vida. Más grandes nombres. Como el de Bryan Singer y Tom Cruise. Ambos presentan Valkiria, la mejor película de Cruise en años, un thriller de suspense que recrea el intento de atentado contra Hitler perpetrado por los propios militares. Y la sorpresa podría venir de la mano de Danny Boyle. Su filme Slumdog Millionaire, una carta de amor a la India, gana corazones en Hollwyood día a día.

El hecho de que el último filme de Ridley Scott, Body of Lies, se estrene menos de un año después que American Gangster demuestra la velocidad a la que trabaja Ridley Scott. Como su anterior película, es una producción intrincada y épica rodada en 100 localizaciones, con un reparto numeroso y algunas de las secuencias de acción más espectaculares de los tiempos recientes. Scott usó hasta quince cámaras para rodar esas complejas secuencias, e hizo un extensivo uso de la fotografía aérea para emular a los espías satélite, que juegan una parte fundamental en la película.
El director, en cualquier caso, emplea la palabra de argot “doddle” (que significa “algo que parece difícil de hacer pero no lo es tanto”) para referirse a la producción de la película. “Cuanto más experiencia tienes, mejor sabes lo que quieres”. Scott es uno de los directores que trabajan con presupuestos elevados más prolíficos del Hollywood de hoy. En enero comienza la producción en Nottingham (Gran Bretaña) de una nueva película sobre el mito de Robin Hood. El filme será su quinta colaboración con Rusell Crowe, que interpreta al sheriff de Nottingham. No sólo eso, por estas fechas, el año que viene, estará en Budapest rodando Child 44, un thriller ambientado en la Guerra Fría localizado en la Rusia estalinista. Tratará sobre un oficial de la policía secreta que tropieza en su camino con un horrible asesino de niños.
Después de terminar con este proyecto, Scott ya ha firmado para dirigir Monopoly, una adaptación del popular juego de mesa que aspira a convertirse en un gran éxito al igual que lo fue Transformers, también basada en un juguete. Por si fuera poco, sigue preparando su saga épica sobre la familia Gucci, que se centrará en los años 70 y 80. El protagonismo recaerá sobre el nieto del fundador de la compañía, Guccio Gucci, quien después de reflotar a la empresa con la audaz iniciativa de contratar a Tom Ford como jefe de diseñadores, fue asesinado en Milán en 1996 por su propia esposa, Patrizia.
“La historia termina con la muerte de Maurizio Gucci –explica Scott a El Cultural– y comenzará con su padre Rodolfo y su esposa suiza, una mujer con algo de estrella del cine que murió a los 31 años de cáncer. Siempre se dijo que Maurizio no heredaría el imperio pero, irónicamente, cuando su padre murió, había ganado tanto dinero por sí mismo como para tomar el control. Patrizia también es un personaje muy importante. Tiene su dificultad escribir este guión porque no trata para nada de bolsos”. Scott dice que quiere que la producción esté imbuida del espíritu de Fellini. “Una de mis películas favoritas es La dolce vita y, por supuesto, 8 1/2. Le dije al guionista que mirara estos títulos porque se parecen a lo que tengo en mente”.
Hay pocos directores que trabajen con su misma rapidez. La mayoría necesitaría tres o cuatro años para terminar una película de la escala de American Gangster o Body of Lies. “Realicé cientos de anuncios antes de hacer películas y siempre fueron mi escuela. Lo aprendí todo con ellos, todo: cómo ser preciso, cómo prefigurar lo que quieres y ajustarse al plan. No puedes rodar muchísimo por el simple hecho de hacerlo. Así es como te pasas del presupuesto. Lo importante es saber lo que quieres”, señala.
La forma de trabajar de Scott es ciertamente peculiar. El cineasta viaja con su equipo habitual de montadores, liderado por Pietro Scalli, durante el rodaje. “Los montadores están donde está la película. Ahora todo es digital y no es necesario arrastrar los rollos. Mi rutina diaria consiste en levantarme a las 5.45 de la mañana, terminar de rodar cuando la luz se va, darme una ducha, cenar algo si tengo tiempo y meterme en la sala de montaje. Me voy a dormir a las 11 de la noche”. Cuando Scott llega a la sala de montaje, Scalli ya tiene preparado el material para que el cineasta trabaje: “Durante el día, se dedica a poner todas las piezas en su sitio. De hecho, recibe lo grabado prácticamente en tiempo real vía digital. Cuando termina el rodaje, ya tenemos una edición del filme bastante avanzada. Lo que hacemos al final es hacer una valoración de conjunto, nos preguntamos si realmente puede conectar con la audiencia y añadimos la música. Últimamente disfruto más montando que en el set”.
Escuchando a Scott, uno tiene la impresión de que todo es muy fácil. Debe ayudar que es uno de los directores con mayor libertad para manejar presupuestos. De Alien a Blade Runner, Gladiator a Thelma y Louise, American Gangster o Black Hack Down, sus películas han ingresado billones de dólares. ¿Tiene alguna tentación de hacer algo experimental y barato? “¿Para qué querría hacer algo así?”, contesta: “¿Por qué iba a hacer algo que creyera que no iba a comunicar con el público? Prefiero ir a jugar a tenis que hacer una película que no va a ver nadie”.

BARCELONA - La muerte de Paul Newman plantea la pregunta de si algún actor puede encarnar en la actualidad el icono que representó y cautivó a varias generaciones. A la vista del actual panorama cinematográfico, resulta inevitable concluir que no existe un actor que despierte semejante afecto y admiración. Brad Pitt tiene un atractivo pícaro, Leonardo DiCaprio sabe actuar, Matt Damon vale para las películas de acción. Pero ¿se trata de eso?
El artista plástico Lorenzo Quinn, hijo del actor Anthony Quinn, considera que "hoy en día quien más se le puede acercar es Brad Pitt. Pero los tiempos son muy diferentes, los medios de comunicación se utilizan de un modo muy distinto… Newman y su generación empezaron Hollywood y los actores de hoy no hacen más que seguir su estela. Por otra parte, antes los actores eran más discretos y Paul Newman, además, era humilde. Los actores eran grandes personajes a los que la gente idealizaba: necesitaba crear y creer en muchos sueños. Los grandes nombres de ahora son más actores que estrellas". Para el estilista Lluís Llongueras, Newman "fue más que un sex symbol, un grandísimo actor por encima de su físico". Llongueras destaca del actor "su personalidad; su actitud hacia las mujeres no era tan atrevida como la de Brando, de mirada intensa. Newman ejercía mucho control de su expresividad". Respecto a si algún actor puede encarnar hoy el icono de Newman, el estilista responde que "es muy difícil buscar similitudes. En este sentido, Brad Pitt no tiene nada que ver con él".
El cineasta Ventura Pons tampoco ve un actor que hoy día pueda encarnar a Newman como icono: "Conocía muy bien el método, era sobrio y sobre todo al principio de su carrera tuvo unos papeles muy interesantes, como en La gata sobre el tejado de zinc. Fue una gran estrella porque era un buen actor y no por su físico".
La sobriedad de la que habla Ventura Pons es uno de los ingredientes que combina el fotógrafo Manuel Outumuro al hacer un retrato de Newman: "Sobrio en sus ademanes, elegante en su figura y un bello rostro al que el paso del tiempo dio fotogénicas arrugas, serenidad y experiencia". Ante esto, no es extraño que Outumuro no vea a ningún actor como Paul Newman. "Por su físico, podrían tener un cierto aire Brad Pitt o Jude Law. A Heath Legder lo veo más como a Newman en sus inicios. De todos modos, lo que realmente admiro de él es su trayectoria: nunca erró en nada de lo que hizo".
Por su parte, el cirujano estético Javier de Benito recurre a una distinción para argumentar la irrepetibilidad del actor: "Newman era un prototipo de belleza masculina que nada tiene que ver con el actual. En los años cincuenta y sesenta, los hombres entraban en el prototipo de la belleza ruda - Belmondo-, la belleza de ángulos marcados -Newman- y la belleza dominante, como Connery. Newman interpretaba bien su prototipo de sex symbol. Hoy las jóvenes tienen otro modelo de belleza masculina: la cara aniñada, endulzada, sin ángulos muy marcados y con una mirada de inocencia, como Leonardo DiCaprio, Brad Pitt o Matt Damon. Las grandes estrellas siguen siendo admiradas por las madres, no por las hijas: quizá Daniel Craig sería el relevo de Newman en el caso de las primeras".
El antropólogo Josep Maria Fericgla aborda el icono de Newman con una lógica implacable: "Es del todo irrepetible porque no hay nadie que sea repetible. Las circunstancias y el momento histórico son únicas. Hoy día quizá un Paul Newman sería demasiado blando. Ahora los actores erigidos como símbolos suelen tener más dureza, más teatralidad. Newman era un hombre íntegro, cualidad que ahora no se tiene nada en cuenta. Vivimos en una atmósfera de reality show y de falta de respeto a la privacidad y muchos actores muestran toda su vida a los medios de comunicación; aún quedan algunos, como Russell Crowe, que son herméticos con su vida privada, y en este sentido se parecería a Newman".
La coreógrafa Coco Comín coincide en que "cada actor es único", si bien "en cuanto a capacidades actorales y talento, uno de los mejores de la historia es el británico Daniel Day-Lewis. Tiene bastantes paralelismos con Newman. Nació en una familia en la que la madre era actriz y estudió arte dramático. Lo que gustaba de Newman era su formación teatral. Por lo que respecta a su aspecto y a sus ojos azules, Jude Law es el más cercano por su actitud física".
La cantante Gisela considera que "no habrá otro Paul Newman ni por carácter ni por físico. Su cara y sus ojos son irrepetibles. Lo que más valoro de él son su fidelidad y su trayectoria ejemplar. Newman tenía carisma, su mirada era única. Fue muy genuino". Precisamente esa fidelidad a la que alude la cantante es uno de los elementos que considera la diseñadora de moda nupcial Rosa Clarà al buscar rasgos de Newman en actores actuales: "Si bien es irrepetible, en físico es comparable Jude Law; en personalidad, Denzel Washington; en el saber estar, Olivier Martínez, y en fidelidad, Pierce Brosnan".

Conocí a Pedro, miembro del grupo de cineastas madrileños nacidos en 1927, como Antonio Isasi, Jaime de Armiñán o el recordado Pablo del Amo, la noche que comenzaba el rodaje de «Manolo, guardia urbano», en una tabernucha de la calle de Guzmán, El Bueno. Él era el jefe de producción de la película y yo el publicista. Corría el verano del año 1955. Muchos planos de aquel título tan comercial se filmaron en la plaza de La Cibeles, con el gran Manolo Morán en genial guardia de la porra.
Le recuerdo en Cannes, entrando y saliendo del hotel Majestic, su centro de operaciones. Fue creador de importantes éxitos del cine español, tanto como productor como director y guionista, que sería muy largo señalarlos. Los resumiré con «Las chicas de la Cruz Roja», «Experiencia prematrimonial» y «La gran familia».
En 1983 se fue a rodar a Nueva York un episodio de una de sus aplaudidas series de televisión. Se empeñó en filmar en mi apartamento; era muy difícil negarle nada a su inmensa simpatía. Se pasaron trabajando todo un día; cuando regresé era imposible estar allí dado el penetrante olor a tabaco que habían dejado técnicos y cómicos. Encima me habían soliviantado a los vecinos y, con la amabilidad que rezuman los neoyorquinos, si me descuido me ponen de patitas en la calle.
La última vez que estuve con él fue la noche del 28 de enero del presente año, cuando la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, presidió una cena con motivo de la presentación de mi libro «Los carteles de Cine de Enrique Herreros», en el que Pedro había escrito uno de los mejores artículos, donde relataba cómo había conocido a mi padre en los desaparecidos Estudios Roptence, explicando con su gracia, picardía y desparpajo que lo trató siendo botones de dicho centro. No se cortaba ni un pelo al escribir y recordar aquel viejo momento. Oigo tus ocurrencias y observaciones, siempre exactas y graciosas; lamento que no las puedas volver a repetir.