
El superhéroe Batman vuelve en una versión de impacto emocional, en la que predomina el lado siniestro, con la definitiva encarnación de un Joker sin fisuras, agente de lo maligno, convertido en protagonista debido a la muerte del actor Heath Ledger
Con Batman Begins (2005), Christopher Nolan reactivó una franquicia que, tras las fantasías kitsch perpetradas por Joel Schumacher, parecía haber entrado definitivamente en vía muerta. Distanciándose de la imaginería neobarroca desplegada por Tim Burton en Batman (1989) y Batman vuelve (1992), Nolan optó por un tratamiento más realista y por un regreso a los orígenes del personaje, con una sugerente profundización en su lado tenebroso y una explicación, por fortuna no demasiado simplista, de los motivos que impulsaban al justiciero hombre murciélago. Ahora, con El caballero oscuro, el director de Memento reincide en ese tono relativamente realista, en la recreación de una Gotham City que tiene mucho más que ver con cualquier megápolis actual aderezada con toques futuristas que con la invención de un universo mágico, gótico o puramente intemporal.
Esta nueva entrega no es tan pródiga, en cambio, en los intentos por ahondar en la ambivalencia de su figura central, priorizando por el contrario el mantenimiento de un ritmo trepidante, de unos sobresaltos casi continuos y de una estética del impacto elaborada hasta la extenuación. Este predominio de la acción sobre la reflexión no impide, sin embargo, que entre impacto e impacto El caballero oscuro abra concisos pero frecuentes paréntesis discursivos, en los que se perfilan, a veces incluso con excesiva claridad, dos aspectos clave del filme. De un lado, la curiosa preocupación de Batman/ Bruce Wayne por la legalidad y por las buenas apariencias de la política, así como su mala conciencia acerca de sus propias transgresiones, algo que en principio puede parecer una alineación con lo políticamente correcto pero que, a la postre, sirve de trampolín para su legitimación final como héroe anónimo. De otro lado, el dibujo de un villano en toda regla, de un Joker que se autodefine con insistencia como agente del caos, como un devoto del mal que goza con su propio sadismo. La comparación con el Joker del Batman de Tim Burton es harto significativa. Entonces, la mirada rabiosamente posmoderna del autor de Eduardo Manostijeras alumbraba a un Joker irónico, que consideraba el crimen como una de las bellas artes y que encontraba en los rasgos de Jack Nicholson la necesaria dosis de socarronería. Ahora, con un Heath Ledger monocorde pero que seguramente será mitificado por su temprana muerte, el Joker se configura, ya sin ambages, como la encarnación del mal, como la máscara del demonio, el villano odioso que reclama una sociedad contemporánea entregada al miedo y que ve en las formas de la alteridad algo más que una amenaza difusa. Tras el 11-S, tampoco el Joker puede ser ya igual.
La gran paradoja que acompaña a estas modernas revisiones de los superhéroes nacidos del cómic tradicional reside en la perversa maniobra de reciclaje que han experimentado: de ser un material propio de la serie B han pasado a servir de base para gigantescas operaciones comerciales regidas por lo que los norteamericanos denominan un diseño de producción high concept. La figura de Batman ha tenido la suerte, al menos cuando ha caído en las manos de Burton o Nolan, de ser abordada por cineastas susceptibles de ser catalogados como contrabandistas, tendentes a pugnar con el engranaje hollywoodiense, a aprovecharse de sus posibilidades técnicas, a dejar su impronta personal y a conducir sus argumentos hacia el terreno de lo simbólico. Ahí están los interesantes apuntes de Burton sobre el tema de la identidad y sobre los conflictos internos de sus distintas criaturas, o las constantes pinceladas de Nolan acerca de un mundo básicamente paranoico, volcado en mendigar briznas de seguridad. Pero mucho me temo que todos estos esfuerzos de este tipo de cineastas por enarbolar sus brillantes juegos metafóricos quedan, en el fondo, absolutamente fagocitados por la maquinaria industrial que arrastra a todas estas películas hiperbólicas, productos quizá con alguna clase de poder catártico sobre la audiencia, pero difícilmente considerables como un factor revulsivo.

Parece que el personaje de Batman es cinematográficamente inagotable y afortunado, como puede deducirse de las sucesivas y complementarias versiones, visiones, que del cómic de Bob Kane vienen sucediéndose desde que Tim Burton proyectara sobre él su incontestable originalidad visual.
Tras la eficacia correcta de Joel Schumacher, es el turno de Christopher Nolan, que se acerca por segunda vez al personaje para escarbar en su lado más adulto, introspectivo y atormentado.
Si en la primera fue el miedo el núcleo sobre el que gravitaban la infancia y la génesis del superhéroe de Gotham, ahora es una reflexión mucho más compleja, casi metafísica, sobre el sentido de esa semiclandestina actividad bienhechora la que articula el sempiterno enfrentamiento con las caóticas e incontenibles fuerzas del Mal.
En manos de Nolan la historia de esta confrontación dúal sigue siendo por supuesto fantástica pero, por encima de la vestimenta aerodinámica y la obligada pirotecnia, predomina el peso realista de un humanismo sombrío y poco dado a frivolidades.
Será por eso por lo que el personaje recurrente de El Joker adquiere aquí una intensidad fascinante y perturbadora, como una sugerente variante de Mr. Hyde o de otros personajes al borde de la brutalidad irracional.
Lo +: Las apariciones hipnóticas de Heath Ledger como este estrafalario Joker que encarna la doble versión primaria y sofisticada del Mal.
Lo -: La duración abusiva y un tono en general adusto que tal vez decepcione en parte a los que busquen entretenimiento sin más. Tan oscura como sugiere su título, acumula en sus imágenes estupendos destellos de policíaco, de fatalismo romántico y de intimismo introspectivo que la elevan por encima de los vuelos justicieros del hombre murciélago.

En Los increíbles, un decretazo obligaba a la familia protagonista a permanecer sentadita en casa o la oficina y olvidarse de perseguir malhechores. En Superman returns, Lois Lane escribía un articulito sobre lo bien que se vive en Metrópolis sin el hombre volador. Ahora, El caballero oscuro cuestiona igualmente la utilidad de Batman y extiende la noción de que el justiciero murciélago atrae el mal a Gotham. Se diría, visto el panorama, que hoy los superhéroes son bestias pardas sobrantes pero, paradójicamente, gotean en las pantallas con incontinencia. Y con qué furor, fulgor, ruido y furia la tenebrosa epopeya de Nolan. Por un lado, sobredosis informativa. Por otro, ditirámbicas calificaciones: en orden creciente, la película del verano, la mejor película del año (entonces, ¿qué son El incidente y Wall•e?), la mejor película de superhéroes de siempre y, en el ranking de Internet Movie Database, la mejor película de la historia. Y por el lado interpretativo, a Heath Ledger, que hace un Joker inspiradísimo pero un tanto sobreactuado, ya se le ha inciensado y elevado a los más altos altares: San Marlon, San Marcello, San Vittorio… y San Heath.
Una vez más, el globo se ha hinchado con irracional desmesura. El caballero oscuro es una buena película sin más, sin pluses. Es sólida y férrea, creativa en su look y decorosa, tan decorosa como su precedente Batman begins, en su constelación de estrellas, donde no sólo brilla el santo de marras. Pero tiene problemas. El menos grave es que las escenas de acción, aunque luzcan por sus efectos y sus estruendos, no están rodadas con maestría: para estos menesteres, Nolan no da la talla. El más grave es de orden discursivo, sus mil y una vueltas a temas trascendentes (el rostro, la máscara, la identidad, los mecanismos del poder, la moral…) en un recorrido tan espeso que sus dos horas y media acaban pesando como un yunque. Y por ese flanco de filosofía preescolar se cuela el personaje más interesante de la función, que no es Joker sino el encarnado por Aaron Eckhart, que sí tiene un par de cosas que decir, bien dichas, sobre el tema rostro.

Conocíamos los personajes y el lugar. Batman, su mayordomo, el Joker, Gotham..., pero nada de ello es reconocible después de que el director Christopher Nolan encuentra el modo de atornillarlos con esa otra vuelta de tuerca que llamó «el prestigio» en su anterior película, y que consiste en esa parte final del truco de magia que ya no está prevista en los catálogos. El prestigio de Nolan consiste en desenmascarar la personalidad del héroe y en sublimar la trágica perversidad del villano, en un Gotham diurno, que es una especie de Chicago neoyorquino... Una ciudad acristalada que convierte en un perfecto reflejo de contrastes la relación de cada personaje con su «espejo» cóncavo: Batman y el Joker; Batman y el fiscal Harvey Dent, o éste último y su reconversión en Dos Caras...
No se queda Nolan, como hubiera hecho otro, en una confrontación (rutinaria o brillante) entre el bien y el mal, sino que se adentra hasta el vértigo en esos caminos en ocasiones peligrosamente coincidentes. Exige reflexión y comprensión del espectador para llegar a las profundidades del héroe, un Bruce Wayne atrapado en la máscara de Batman, infeliz, asolado, a la búsqueda de una puerta de salida (y el mal como llave de esa puerta)... Pero, sobre todo, la película reclama reflexión y comprensión para ese personaje insólito del Joker, que el actor Heath Ledger ha recubierto de amianto por los siglos de los siglos con su propia tragedia; un Joker despiadado consigo mismo (las «mentiras» que inventa sobre él y sus cicatrices son terribles), que persigue el dolor, el deterioro y el estrago sin recompensa, y que le da forma a una perversidad pura, sin falsos idearios ni disimulo, el reverso de la moneda que necesita el papel de Batman.
«El caballero oscuro» tiene, en realidad, más vínculo con «El truco final. El prestigio», que con «Batman begins», la anterior de la serie también dirigida por él, y magnífica. Pura magia, puro espejo, pura aparición y desaparición como en un escenario (tipos como el teniente Gordon, el fiscal Dent o Rachel Dewes...) y con ese plus prestigioso de la auténtica pelea a muerte, que no es entre personajes, sino entre los actores por adueñarse de la función. A punto está de conseguirlo Christian Bale (aunque sólo fuera por sus cruces con Michael Caine); a punto, Aaron Eckhart, que casi le arrebata el traje al superhéroe; a punto, igualmente, Gary Oldman... Pero la función era de Ledger y de su complejísimo trabajo, quizá excesivamente perturbador y sin duda perturbadoramente excesivo.

En una de las primeras escenas de la oscura obra maestra dirigida por Christopher Nolan, un cansado Batman (Christian Bale, sobrio, resignado, con el triste protagonista a cuestas como una cruz) exhibe fugazmente la espalda dolorida, cruzada de cicatrices, amoratada y todavía tibia por la penúltima refriega contra los villanos. Pero, nos pregunta el director sólo unos minutos después, y se trata del pilar base en el que sustenta la película, ¿necesita esta sociedad contemporánea aún a los superhéroes? Y, sobre todo, ¿merece que un tipo a quien le sobran los dólares, disfrazado con un traje que va perdiendo prestancia y falto de poderes sobrenaturales, si exceptúan el valor y la rabia, intente todas las noches combatir el mal? ¿Qué maldad, la de ellos o la de nosotros? Cuando las guerras ya no son frías, y Georgia vuelve a saberlo ahora, cuando la corrupción empapa casi todos los estamentos que conforman ciudadanos descreídos, materialistas y ambiciosos, Nolan exprime la teoría que en el «Hancock» de Will Smith no sobrepasó la simple broma venial y responde al público: no, posiblemente ya no los merecemos.
Segundo acto, segundo fundamento de «El caballero oscuro», y no hablaremos de la trágica desaparición/mitificación de Heath Ledger: el Joker ya no provoca ninguna risita nerviosa (recordemos la cómica reinvención que del siniestro personaje realizara Jack Nicholson), en este filme se trata sin ambages de un peligroso terrorista, de un asesino psicópata falto, igual que todas las bestias, de argumentos y escrúpulos cuya resolución inclemente congela la sangre en las venas. Pero el Joker dice: en el fondo, Batman y yo somos las dos caras de una misma moneda, porque nadie nos invitó nunca a este entierro, porque nos borra nuestra singularidad. Uno con la cara tapada en negro, el otro con el rostro deformado de manera grotesca. La confusión de identidad en Nolan: «Memento», «El gran truco»... Y observen qué sintomático: desde que al fiscal Dent le destrozan la suya y se transforma en «Two Face», la iniquidad, el deseo demente de venganza empozoña el corazón del antes honorable Dent y jamás volverá a ser lo mismo.
Arropada, paralelamente, por un portentoso aparataje tecnológico (el ritmo, aun cuando el filme dure dos horas y media, no decae, siempre más deprisa, más) y las sólidas interpretaciones de Bates, Michael Caine, Morgan Freeman... (Ledger, es cierto, aparece sobreactuado, aunque el aura de leyenda anule incluso la propia interpretación), la última entrega de Batman se cierra con la promesa de otra venidera. Mientras Nolan dirija el cotarro, Gotham podrá dormir tranquila.
LO MEJOR: su atmósfera fatalista, oscura; además, el filme gana aún más a medida que transcurre su metraje
LO PEOR: que la Academia de Hollywood, siempre reacia a este género, no lo premie como merece