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El director belga Jaco Van Dormael dice construir en 'Las vidas posibles de Mr. Nobody' «un retrato de la complejidad»

«El cine y el arte simplifican la vida»


Jared Leto y Diane Kruger en una escena de ‘Las vidas posibles de Mr. Nobody'

Dos propósitos guiaron la vida del astrólogo imaginado por Borges en El jardín de los senderos que se bifurcan: construir una laberinto complejo hasta más allá del infinito y escribir una novela inacabable. Llegados a este punto y puestos a preguntar impertinencias, ¿cuánto puede tardar alguien en cumplir un proyecto tan ambicioso? «En mi caso, siete años», contesta Jaco Van Dormael. Él, obviamente, no es Borges, pero, vista su última película, Las vidas posibles de Mr. Nobody, se le parece. «Sin duda, el autor de El Aleph ha sido una de mis inspiraciones más cercanas», confiesa. Y en efecto, su película es, además de una extraña anomalía en el cine europeo, un furioso y desmedido alegato a favor del infinito. Un niño nace y su vida se rompe en tantas posibilidades como decisiones es capaz de tomar. Y así, a un ritmo geométrico, la vida de Nemo, interpretado por el actor Jared Leto, se multiplica. Por dos, por cuatro, por mil, por cien mil.

«Escribía tres horas al día durante cinco días a la semana. Cuanto más escribía, más ganas tenía de seguir escribiendo. ¿Que me ha llevado casi trece años hacer una nueva película [la última data de 1996]? Bueno, cuando le cuente mi vida a mis nietos, tardaré poco. Me lo agradecerán», dice con una parsimonia infinitesimal. El resultado es una película que retoma el argumento del primer trabajo del director: la deslumbrante Totó el héroe. Entonces una confusión de un niño por otro en el paritorio deshilachaba, por así decirlo, la línea del destino en un ejercicio de probablidades truncadas y cumplidas, mentiras vividas, verdades soñadas y desengaños ajenos. Suena complejo y, en realidad, es la vida.

«Hay dos cosas que me encanta hacer», dice a modo de preámbulo. «Una es rodar y la otra, vivir. Lo primero es sencillo y lo segundo, extremadamente complejo. Y aquí está el reto: hablar de la complejidad, de la vida, a través de un medio que tiende necesariamente a la simplificación. En el arte, todo tiende a un final, todo tiene sentido. En la vida...». Y en los puntos suspensivos deja una nada compleja y sonora carcajada.

Cuenta el cineasta que le preocupa y se ocupa de ámbitos tan dispares, que no disparatados, como la obra de Pirandello («Cada uno de nosotros somos ciento y ninguno»), la pesca («No es cierto que haya pasado todo el tiempo escribiendo, también he pescado») y la física cuántica. Y sobre este último aspecto de su formación se detiene: «Di el guión a leer a Isabelle Stengers, que junto al físico Ilya Prigogine escribió El fin de las certidumbres, para que detectara las posibles estupideces. Me corrigió bastantes cosas». ¿Por ejemplo? «La idea de que el tiempo, asociado al Big Crunch, puede ir en sentido contrario». Cara de asombro. «La verdad es que lo más interesante de la física cuántica es su pulsión poética. No se entiende y, por eso, es interesante. Es, otra vez, como la vida: compleja».

Su obsesión por la complejidad, ¿le viene acaso de su condición de belga? «Quizá. La realidad de mi país es, en efecto, muy complicada. Tengo primos con los que hablo en inglés porque ellos hablan mal francés y yo apenas domino el flamenco. Es así. Pero, a pesar de todo, lo más probable es que no ocurra nada. ¿Qué puede pasar?».

El misterio planteado por Borges en El jardín... se resolvía en un simple libro. La novela era el laberinto y el laberinto no era espacial sino temporal. Y en ésas se encuentra Mr. Nobody, en el laberinto de una película anómala, inabarcable y, pese a las apariencias del reparto, belga, muy belga. La vida, en realidad, es complicadamente belga. Que se lo pregunten si no a Tintín.





Un personaje del creador de Conan combate demonios para salvar su alma

Solomon Kane el otro caballero oscuro


El trasfondo religioso está muy presente en la trama de Solomon Kane, personaje que, en el fondo, no deja de ser un predicador

Madrid - Como si el Apocalipsis hubiera llegado a la Inglaterra del siglo XVII. En el espacio que queda entre la lluvia perpetua y el suelo congelado, los hombres huyen sin la esperanza de poner a salvo sus almas de una repentina invasión de demonios. En ese momento, un hombre condenado busca la redención como mejor sabe: matando.

Así es más o menos la historia de Solomon Kane, un corsario que segó miles de vidas en saqueos por las ricas costas del Mediterráneo, hasta que salvó su vida de las garras del mal. Escapó bajo la advertencia de que el pecado le costaría su alma. Por eso, decide retirarse a un monasterio y apartarse de la violencia. Pero será rechazado por el resto de sacerdotes, y, sin rumbo ni pertenencias, vaga por la campiña inglesa.  

Un cubo de sangre

Solomon ha permanecido ajeno a la expansión del mal durante su retiro en el monasterio. Legiones de monstruos dominados por una fuerza oscura matan y secuestran a los hombres. Solomon rehúye la violencia para salvarse, hasta que encuentra razones más fuertes que su salvación..

Michael J. Basset era un adolescente fanático de las novelas de fantasía y de las películas que suponen un «desafío físico» para los actores y también para el espectador. «No he querido hacer una película como ‘‘300’’, sino como ‘Apocalypse Now’’», decía en su reciente visita a Madrid. Por eso, se decidió por un rodaje en Praga bajo lluvia y nieve artificial diaria. «Allí había rodado ‘‘Deathwatch’’, y ya conocía mi estilo. Cuando llegué, dijeron: ‘‘Vaya, ha vuelto el dios de la lluvia’’», bromeaba. Para Basset, los efectos especiales son secundarios en las películas de acción. «Prefiero un buen cubo de sangre». Aunque admite que el mejor efecto especial es el de su protagonista, alque regaló dos semanas de agua sin tregua. «Es la película en la que más frío y más tiempo mojado he pasado en mi vida. Era terrible rodar las escenas de lucha con espadas y las de persecuciones a caballo bajo los 60.000 litros de agua al día que nos echaban encima», añadía James Purefoy, que interpreta a Kane. «Desde entonces, ya no somos amigos». 

«Pero esta es no es una historia de acción, sino de redención», dice Basset del personaje, un antihéroe al que, cuando se mira «nunca se sabe si en el siguiente segundo va a hacer algo bueno o malo. Es un hombre buscando su lugar en el mundo, algo que hacemos todos continuamente. Y lo heroico no es ser bueno todo el tiempo, sino a pesar de tus problemas».

El trasfondo religioso está muy presente en una trama en la que Solomon no deja de ser un predicador con la espada. «Creo que la fe es cada vez más importante para mayor número de gente y proporciona una visión del mundo diferente para muchas personas en medio mundo», dice el director de la cinta, que introdujo una crucifixión del protagonista en una secuencia. «Sé que eso va a molestar a mucha gente, pero no es mi intención. Mi película no quiere insinuar nada sobre Jesucristo ni sobre el papel de Solomon Kane; para mí es una afirmación de que mucha gente obtiene fuerzas de su fe», asegura el realizador británico. Para el crucificado Purefoy, fue una escena especialmente dura. «Era una forma de ejecución muy extendida. Para mí fue muy duro, porque el día antes había muerto Heath Ledger, y a mí me lo contaron cuando estaban subiéndome a la cruz. Yo le había conocido allí, apenas unos años antes, durante un rodaje en el que nos hicimos amigos. Fue un día bastante extraño», dice el actor.

Tramas originales

Solomon Kane es un personaje creado por Robert E. Howard, artífice de otro legendario guerrero, Conan. Sus historias comenzaron en las páginas de la revista «Weird Tales», y luego fueron recopiladas y ampliadas en varios volúmenes. Sin embargo, sus seguidores no encontrarán aquí las historias originales, sino una nueva trama creada por Michael J. Basset, que quería «encontrarle un pasado» al personaje, una historia nueva que «respete la pureza del personaje».





La última adaptación al cine renueva al mítico detective

Este Sherlock Holmes no dice "elemental, querido Watson"


Jude Law (izquierda) y Robert Downey Jr., en Sherlock Holmes

Londres - El Sherlock Holmes reciclado para las audiencias cinematográficas del siglo XXI sigue siendo un detective inteligente e incisivo capaz de llegar a las más sagaces deducciones, pero su caótica vida privada, su carácter un tanto depresivo y, sobre todo, el dominio de las artes marciales acaban transmutándolo en un insospechado héroe de acción. "Quería ampliar el mito, innovar el personaje, aunque no he inventado nada porque todos esos elementos están en las novelas y relatos cortos de Arthur Conan Doyle", es la defensa que ha esgrimido el director británico Guy Ritchie ante el inminente estreno mundial -este viernes en Reino Unido y Estados Unidos- de su última película, titulada, obviamente, Sherlock Holmes. A España llegará el 15 de enero.

En realidad este Holmes que no es alto ni tiene una nariz aguileña, e incluso ha cambiado la gorra de doble visera por un elegante sombrero Fedora, irrita sumamente a los ortodoxos porque el encargado de darle vida es un actor estadounidense. El realizador británico (Lock & stock o Snatch: cerdos y diamantes) quiso utilizar el incuestionable carisma de Robert Downey jr., recuperado por la industria en el último lustro tras una larga pesadilla de drogas y alcohol, para aunar su amor por las historias detectivescas de Conan Doyle con un estilo propio e innovador. Los casi 100 millones de euros que invirtió la producción de la Warner le permitieron recrear con toda minuciosidad el Londres de la época victoriana por las calles de Baker Street y de Greenwich, donde se desarrolla una trama de intriga típicamente holmesiana con un malvado experto en la magia negra, toques de humor y muchas peleas en las que también se enzarza el sempiterno compañero del protagonista, el doctor Watson. Su rostro cobra los rasgos del británico Jude Law, en una de sus mejores interpretaciones.

La química entre los dos actores, Downey Jr. y Law, es uno de los logros de un filme que no busca tanto adentrarse en las complejidades del personaje (en la línea de Billy Wilder con La vida privada de Sherlock Holmes) como recrearse en el más puro entretenimiento. "La clave de la relación está en que se necesitan el uno al otro", subraya Law.

En la productora ya hablan de la continuación. Brad Pitt ha mostrado su interés en participar en entregas de esta posible franquicia, que puede levantar la maltrecha carrera de Ritchie, conocido para el mundo como el ex marido de la cantante Madonna. En Sherlock Holmes hay también tiempo para el romance. "Holmes ama los casos y, desde luego, a sí mismo. Watson, a su prometida Mary, y también a los casos. Así que estamos ante un cuadrilátero amoroso", bromeaba Downey jr. durante la presentación de la película en Londres. Su personaje no pronuncia ni una sola vez la frase "Elemental, querido Watson", pero tampoco aparece escrita literalmente en ninguna de las obras de Conan Doyle.

¿Todo cambia para que todo siga igual? Como comenta uno de los secundarios, Mark Strong: "Muchos pontificaron en su momento que Daniel Craig iba a resultar un fiasco como el James Bond del celuloide simplemente porque es rubio". Y vaya si se equivocaron.





La crítica sudafricana recela de la película de Eastwood

´Invictus´ todavía no canta victoria


Morgan Freeman y la productora Lori McCreary en Soweto

Johannesburgo - Casi diez días después de su estreno en la cartelera sudafricana, apenas hay alguna butaca libre en la sala de cine cuando el título de Invictus aparece en pantalla. Varias familias -la mayoría blancas- no pierden ojo de los partidos de rugby salpicados de política que se suceden en las imágenes. Al final del filme, un afrikáner grandullón resopla bajo su poblado bigote para disimular la emoción. La cinta dirigida por Clint Eastwood, que narra cómo Nelson Mandela usó el Mundial de rugby de 1995 para unir al país (se estrenará en España el 29 de enero), no deja indiferente. Pero aún no está claro que el cineasta estadounidense pueda cantar victoria.

Tras un inicio arrollador -a los tres días, Invictus sumaba 50.000 espectadores y encabezaba los dramas para adultos más vistos en Sudáfrica-, la taquilla se empezó a desinflar al mismo tiempo que arreciaban las críticas en los diarios locales. En su primera semana y media, Invictus ha recaudado nueve millones de dólares, una cifra por debajo de las previsiones. Una taquilla tibia pero en la cuerda de los anteriores filmes de Eastwood, con estrenos moderados pero que consiguen buenos números gracias a una estancia prolongada en la cartelera. Una permanencia probable ya que, según la mayoría de expertos, Morgan Freeman, que interpreta al ex presidente Mandela, será candidato fijo al Oscar a mejor actor. Críticas a su acento poco sudafricano al margen, el trabajo del actor estadounidense ha despertado aplausos casi unánimes en el país. No así el filme en su totalidad. El columnista Carlos Amato descargó una crítica feroz el pasado domingo en Sunday Times. Aunque salvaba de la quema a Freeman y Matt Damon, que interpreta al capitán de la selección sudafricana de rugby, lamentaba la escasa entidad de los papeles secundarios y el escaso contexto histórico del filme: "No captura nada de la complejidad y extraordinaria tensión de mediados de los 90 en Sudáfrica", sentenciaba.

Pese a los peros, el aplauso de Amato a los dos actores que sustentan el filme es compartido por la industria a tenor de las tres nominaciones a los Globos de Oro: al mejor actor principal y secundario, además de al mejor director.

En Sudáfrica los elogios están siendo más caros para una película que trata la historia reciente del país. Shaun de Waal, pluma del Mail & Guardian, también vestía de decepción su análisis: "Invictus es una forma decente de explicar una historia de Sudáfrica al resto del mundo, y no hay duda de que eso es bueno, pero para un sudafricano es fácil sentirse extraño en más de una escena. Es probable que los sudafricanos encuentren muchas partes poco auténticas".

Desde la perspectiva que da la distancia, Sonny Bunch, del Washington Post, daba en la tecla al apuntar hacia las enormes expectativas de los sudafricanos en el filme como fuente del desencanto de los críticos: "Invictus no es una mala película, pero no es el éxito extraordinario que podría haber sido".





El actor de ´El gran Lebowski´ ofrece otra interpretación prodigiosa en "Crazy heart"

Bridges luce en el tugurio


Jeff Bridges, junto a Maggie Gyllenhaal, en un fotograma de Crazy heart, por la que le han nominado a los Globos de Oro como mejor intérprete

Nueva York - Se hace llamar Bad (malo) Blake. Es un reconocido músico de country y blues en decadencia, que toca en boleras o en pequeños bares porque en su interior ha anidado la insania del alcohol. Pero todavía hay gente que le reconoce, que le admira. En su visita a Santa Fe, Nuevo México, un diario le entrevista. La periodista le pregunta, "¿Puede decirme su verdadero nombre?". La mira unos segundos, en silencio, una de esas miradas que tatúan el espíritu.

- Me llamo Bad, nací Bad y moriré siendo Bad.

Su nombre es Bad pero la interpretación de Jeff Bridges en Crazy heart (Corazón loco) ha conseguido la unanimidad en la consideración de que es una de las mejores de su carrera cinematográfica. Y ya son unos cuantos años -hace casi cuarenta de La última película- y unos cuantos títulos de prestigio, con Los fabulosos Baker Boys o El gran Lebowski, con su inolvidable Dude. La nominación de Bridges para el Globo de Oro no ha sorprendido a nadie y los críticos lo ven como un rival directo para el George Clooney de Up in the air, el filme que ha sido elegido como el mejor del año en Estados Unidos.

En Crazy heart, escrita y dirigida por Scott Cooper, Bad Blake es un embrutecido y viejo perro de carretera que se enciende los Marlboro de tres en tres. Roto y solitario -su furgoneta le define-, lo único que sabe hacer es escribir canciones y tocarlas.

Otros han definido el personaje de Bridges como el exponente del cowboy endurecido y borracho, "una variación del arquetipo estadounidense". Su personaje aporta una visión de la América del Oeste que se sitúa al margen de main street, del camino marcado por los vencedores, la América de los moteles de paso y la imagen políticamente incorrecta del tabaco y el alcohol.

"He tocado música desde que era un crío", afirma para explicar su Bad Blake, un sesentón que va de tugurio en tugurio. A diferencia de Jeff Bridges, de 57 años, su creación parece apurar las últimas gotas de su talento. Hasta que se produce la resurrección.

"Crazy heart es una película pequeña que se agiganta con la gran actuación central de su protagonista", afirma A. O. Scott. "Muy pocos actores habrían hecho una obra de artesanía y resistencia como la suya", añade. Y aún más: "Este actor tiene un carisma disimulado y una inteligencia casual. Sospechas que es más listo que los personajes a los que representa, a los que da vida".

"Cuando recibí el primer guión - ha comentado Bridges-no había música. Pero entonces apareció mi amigo T-Bone Burnett y me dijo que él se comprometía si yo estaba dispuesto a cantar. Cuando firmó T-Bone, estaba seguro de la apuesta, sabía que la música sería buena".

Su composición tiene el contrapunto del joven triunfador (Colin Farrell), la muleta del viejo amigo (Robert Duvall) y la mano redentora de la periodista (Maggie Gyllenhaal). Bridges se muestra convencido de una cuestión, que a su madre no le gustará su personaje. Tampoco le agradó el de El gran Lebowski."Como cualquier otra madre, preferiría que hiciera de presidente o de médico", bromea en sus entrevistas.

Este personaje sin ancla que es Bad aún tiene otro contraste respecto a su creador, que lleva casado 32 años con la misma mujer. "¿La regla número 1 para no divorciase? No hacerlo, estar juntos".





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