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San Sebastián


Cartel Oficial del Festival de Cine de San Sebastián en su edición 2008

SAN SEBASTIAN.- Televisión Española ratificó ayer su compromiso de patrocinar el Festival de Cine de San Sebastián. El presidente de la Corporación RTVE, Luis Fernández, indicó en un comunicado que es «lógico» que TVE participe en el único certamen cinematográfico de categoría A que se celebra en España, según informa Efe.

Esta decisión de Televisión Española, que patrocina el Festival de San Sebastián desde 2005, llega poco después de que la Diputación de Guipúzcoa incluyera en sus presupuestos para 2009 una reducción de 90.000 euros en la partida para el Zinemaldia.

Luis Fernández, quien ya había expuesto la posición de Televisión Española en una respuesta dirigida al senador del PP Alfonso Gustavo Ferrada, ha asegurado que el Festival de San Sebastián «afianza la posición de liderazgo de TVE en la promoción y difusión del cine español». Por lo demás, Fernández precisó, con el diccionario en la mano, que TVE «no subvenciona sino que patrocina» el certamen. Puesto que, y según la RAE, patrocinar es «apoyar o financiar una actividad, frecuentemente con fines publicitarios».







Yesim Ustaoglu, Directora de la película turca contesta a las preguntas de los periodistas

SAN SEBASTIAN.- La directora turca Yesim Ustaoglu, ganadora de la Concha de Oro en la 56ª edición del Festival de Cine de San Sebastián, destacó, poco después de llegar a la ciudad vasca, el alto nivel del certamen: «Pensaba que la película iba a llevarse algún premio, pero no el de Mejor película. Ha sido una competición dura, por lo que el haber conseguido este galardón me llena aún más de orgullo».

Algo contrariada por la pérdida de su maleta en el vuelo desde Estambul, y a la carrera por conseguir un vestido a tiempo para la gala, la cineasta destacó el otro premio que ganó la cinta: la Concha de Plata a la Mejor actriz a la veterana intérprete francesa Tsilla Chelton. «Ha sido un largo camino», explicó Ustaoglu para referirse a la búsqueda de la actriz que encarnase al personaje de la abuela en su película. «Le dimos el guión a Tsilla y le gustó. Y cuando tuve mi primera entrevista con ella en Bruselas, supe que ella era el personaje. Había riesgos, porque es una mujer de 90 años, tenía que aprender turco, adaptarse a una cultura diferente y hacer un rodaje en las montañas. Pero ella es una artista enormemente trabajadora y ha sido una experiencia maravillosa. Todo el equipo terminó enamorándose de ella».

Chelton, por su parte, se presentó jovial, explicando que se sentía «muy bien» (dicho en español) y que la concesión de la Concha de Plata ha sido como la última estación, por el momento, de «un largo trayecto en tren», que empezó en 1945, con interpretaciones en el teatro de obras de Ionesco, Beckett o Brecht, que también ha pasado por el cine y las primeras emisiones de televisión.

Para Ustauglu, la película ha querido contar cosas como que «la clase media vive en una sociedad toda organizada y estandarizada», donde la aparición de un personaje como la abuela supone una ruptura.

Del encuentro entre la abuela y su nieto en la ciudad se produce una contraposición que muestra «cuál es el significado de la vida». «Este es un largometraje con un mensaje de esperanza al final, como casi todas mis películas», explicó. También dijo que le gusta hablar «de personajes que se transforman y cambian. Me interesa en el cine y también más allá, pues en la vida real me gusta rodearme de gente así».





"Si gana Obama, se oirán los gritos de alegría y las canciones desde el otro lado del Atlántico", declara Meryl Streep antes de recibir el Premio Dono

La chica más deseada del baile


Meryl Streep, saludando a sus seguidores en San Sebastián

SAN SEBASTIÁN - Jonathan Demme dijo: "Dirigir a Meryl Streep es como hacer un documental. Nunca sabes qué puede pasar. Tiene una imaginación ilimitada". Y el director se quedó corto. La actriz, también conocida como "esa gran actriz", 14 veces nominada al Oscar, recogió ayer el Premio Donostia. Y se mostró imprevisible, sí. Incluso más de lo que había advertido el presidente del jurado del Festival de San Sebastián. En apenas una hora de encuentro con la prensa, Meryl Streep consiguió enamorar a la abarrotada sala. Los asistentes podían estar rendidos de antemano. Pero desconocían tanta brillantez, sentido del humor y facilidad para la carcajada propia y ajena.

Guapa, con unas gafas de montura negra, el pelo recogido, y vestida en tonos grises, Meryl Streep habló de sus sueños de niña -"yo siempre quise ser traductora en la ONU"-, de su "afortunada" falta de estrategia en su carrera, de su firme decisión de hacer sólo las cosas que merecen la pena y de su afán de "recopilar experiencias para devolverlas al mundo".

Cree que una de sus armas secretas como intérprete, desde su primera vez (el filme Julia, en 1977) ha sido mantenerse al margen de la producción y por ello estar siempre a expensas de los guiones que recibe. "Soy como la chica que espera que la saquen a bailar". Y vaya si ha bailado. Con los más grandes. "Cuando me presento a la prensa, tengo que repasar mi currículo y pienso: 'Dios mío, qué desfile de mujeres interesantes". "Yo todavía no he acabado, cariño", contestó a una periodista, cuando se le planteó el final. "Cuando cumplí los 40 años le dije a mi marido que ya podíamos pensar en vivir fuera de Nueva York porque pensaba que estaba llegando la hora de jubilarme, pero creo que, en estos momentos, la industria cinematográfica, en la que abundan las mujeres, está al fin más interesada en gente de mi edad".

Madre de cuatro hijos y casada con el escultor Donald Gummer, en los planes de Meryl Streep no entra de momento convertirse en directora, aunque, con una gran sonrisa, ironizó: "La mayoría de los realizadores con los que he trabajado dirían que ya he dirigido antes, porque la verdad me gusta formar parte de todo el proceso creativo y expresar claramente mis ideas".

La intérprete, poseedora de dos Oscar -Kramer contra Kramer y La decisión de Sophie-, se considera, acaso sin empacho, una mujer afortunada, pese a que lamenta el marketing que rodea a las producciones cinematográficas actuales, así como la excesiva presión del tiempo y el dinero. "Recuerdo cuando rodamos Memorias de África. Estuvimos seis meses en Kenia y pudimos vivir y realizar lo que yo considero es una de las últimas películas épicas que se han rodado. Ya no se hacen rodajes así", se lamentó.

Poco amiga de callarse nada, no ocultó ayer preferencias políticas y soltó un alarido de satisfacción al pensar en alto que los demócratas puedan ganar las elecciones presidenciales de Estados Unidos. "Si gana Obama, se oirán los gritos de alegría y las canciones desde el otro lado del Atlántico". ¿Y si es McCain? "Buscaría piso en San Sebastián".

"Robert de Niro me insistía en que tenía que venir a San Sebastián. 'Tienes que ir, tienes que ir, te vas a encontrar a la mejor gente", dijo imitando divertida la voz del actor norteamericano. "Es verdad, nunca antes había encontrado tanta hospitalidad". Y entonces quedó claro que, una vez más, es la chica más deseada del baile.







La actriz Meryl Streep, anoche, tras recibir el premio Donostia

SAN SEBASTIÁN. La mejor actriz del mundo rebosa simpatía, modestia y sentido del humor. Meryl Streep (Summit, EE UU, 1949) se ha ocupado en San Sebastián de echar por tierra la imagen de lánguida diva que vive con tormento la preparación de sus personajes. Aterrizó con jet-lag, y en vez de subir a la habitación se fue directa al bar del María Cristina a charlar con Jonathan Demme. Blanquísima y risueña, anoche recibió el premio Donostia de manos del director de «El silencio de los corderos» y el actor Eduardo Noriega. Hacía años que el Zinemaldia la tanteaba, y al final la convenció Robert de Niro.

«Me dijo: «Tienes que ir, allí saben cómo tratarte, yo voy siempre que puedo». Streep imita la voz de su viejo amigo, con quien coincidió en dos películas maravillosas: «El cazador» y «Enamorarse». Admite que, si no ha venido antes, es porque el verano lo ha consagrado desde siempre a sus cuatro hijos, y ningún rodaje ni festival ha roto la costumbre. Su amabilidad no le impide mostrarse deliciosamente sarcástica. Cuando se le pregunta por Obama, interrumpe con un alarido digno de una cantante country. «Si gana podrás escuchar los gritos desde aquí, y ya verás como la bolsa sube. Si no gana... Yo ya estoy mirando inmobiliarias en San Sebastián».

Traductores para el público

Nominada nada menos que 14 veces al Oscar y poseedora de dos estatuillas, la protagonista de «Los puentes de Madison» reconoce que a veces tiene que hacer memoria para recordar un currículo que incluye títulos fundamentales del cine americano en los 70 y 80. «Repaso mi filmografía y veo los huecos que hay cuando tuve un hijo y dejé de trabajar. A los 40 años pensaba que ya no iba a tener papeles. Hasta le dije a mi marido a ver si nos podíamos permitir comprar una casa en Nueva York. Me pasé los años siguientes pensando que me tocaba jubilarme. Creo que si sigo teniendo trabajo es porque han accedido muchas mujeres a los departamentos de producción de los estudios, ellas dan luz verde a proyectos que de otro modo no existirían».

Hija de un ejecutivo farmacéutico y una artista, Streep se graduó en Yale y curtió en el teatro antes de debutar en el cine dirigida por Fred Zinemann en «Julia» (1977). «De joven me quería lucir como actriz, con el tiempo he aprendido que en este oficio se trata de comunicar algo. Los actores somos traductores para el público de la experiencia de otras personas, que pueden pertenecer a épocas y países distintos. De niña fui un día con mi madre de visita a las Naciones Unidas. Descubrí a las intérpretes en las cabinas de traducción y quise ser como ellas, crear la paz entre personas que no se entienden. De algún modo, he cumplido mi sueño».

Su ascensión fue tan imparable -«Manhattan», «Kramer contra Kramer», «La mujer del teniente francés», «Silkwood»...- que Bette Davis le escribió una carta designándola su sucesora. «La debo tener por ahí, en el caos de mi oficina...». ¿Y ella, a quién ve cómo su sucesora?. «No he acabado todavía, cariño. ¡Y hay tantas actrices maravillosas sólo en Broadway! Claro que se me ha pasado por la cabeza tirar la toalla, pero el veneno de la interpretación es como el apetito: te das un atracón en la cena y a la mañana siguiente vuelves a sentir hambre. No he perdido las ganas de trabajar. Sólo me incomoda cada vez más todo el marketing que rodea a la promoción de las películas».

Meryl Streep posee dos rasgos insólitos en Hollywood. Lleva casada desde 1978 con la misma persona, el escultor Donald Gummer, con quien el jueves recorrió el Guggenheim (con anterioridad mantuvo una relación con el actor John Cazale, el Fredo Corleone de «El padrino», hasta que un cáncer segó su vida). También resulta extraño que ningún colega hable mal de ella. «Los pago», resuelve irónica. Al contrario que compañeros como Eastwood y Redford, ella nunca ha saltado a la dirección. «Si preguntas a la mayoría de directores con los que he trabajado te dirán que sí dirijo, ja, ja. Tengo muchas opiniones sobre muchos aspectos, no me limito sólo a un departamento, por eso prefiero los directores que aceptan sugerencias. Dirigir es un trabajo que ocupa las 24 horas del día. Cuando mi hija pequeña de 17 años se marche de casa -y está a punto de hacerlo me encantará hacerlo».





Meryl Streep llega rodeada de gran expectación para recoger el Premio Donostia, el segundo que se concede en esta edición

«Soy como una chica que espera que la saquen a bailar»


La actriz Meryl Streep, ayer en San Sebastián, donde recibió el Premio Donostia

SAN SEBASTIAN.- Todo el mundo quiere a Meryl. Que si es la mejor actriz viva del mundo (palabras de la organización), que si estaba muy guapa, que si es la mejor actriz viva del mundo... y de todos los tiempos (palabras de algún periodista), que si risas por aquí y por allá... Con sus ocurrencias, sus chistes y su sonrisa encandiló a los asistentes a la rueda de prensa que concedió antes de recoger del Premio Donostia, el segundo que se concede en esta edición del festival de cine de San Sebastián. Su paso por el festival, esperado desde hace años, fue como otra más de sus actuaciones.

Hizo de cómica fina, pero también afilada que vacila a su público, de cuentacuentos, de señora chillona, de imitadora, performer, seductora y de estrella. Pero, sobre todo, Meryl Streep hizo de traductora de lo que estaba pasando. «Los actores», explicó en su comparecencia, «somos traductores de la experiencia de la gente, reunimos lo que ha pasado desde hace cientos de años y se lo desciframos a los demás. Recuerdo que cuando era niña, mi sueño era ser traductora de la ONU, estar en una cabina como ese señor de ahí [y apuntó al encargado de la traducción simultánea], hacer que la gente se entendiese y ayudar a conseguir la paz. En cierta forma, he tenido la oportunidad de hacerlo, por lo que el círculo está completo».

La protagonista de películas como Memorias de Africa, La decisión de Sophie y Kramer contra Kramer supo interpretar, por ejemplo, la psicología de sus interlocutores en la sala. Así, cuando un chico le dijo que tras ver su película Mamma Mia! se sentía como curado de la depresión, ella se quedó estupefacta. «Creo que mi traductor no ha entendido el título de la película. Un momento, ¿Mamma Mia!? Oh, bueno, me esperaba que me dijeses que estabas deprimido después de ver la película». Y se empezó a reír ella sola como una loca. «No, en serio. La película la hice porque me lo pasé realmente bien viendo el musical».

También, cuando le preguntaron por su reacción ante una posible victoria de Obama en las próximas elecciones generales de Estados Unidos, transformó el discurso en algo mucho más gráfico: brazos en alto, pegó un grito que ni una bocina. «El mercado financiero mundial pegaría un subidón y podríais oír los gritos y los cánticos desde el otro lado del Atlántico». ¿Y si gana John McCain? «Mmmmm [cara de estatua] Mmmm. Entonces me pongo a buscar piso en San Sebastián [risas del auditorio]».

Y cuando le tocó agradecer la concesión del Premio Donostia por toda su trayectoria, que le entregaron Jonathan Demme (quien la dirigió en El mensajero del miedo) y Eduardo Noriega, supo transformarse y, poniendo la voz y el rostro de palo de Robert de Niro explicó cómo su colega le había convencido para que fuese a la ciudad vasca. «Tienes que ir a San Sebastián. Es una de las mejores ciudades en las que se puede estar, y la gente es tan agradable...».

Siguió con su traducción y dijo que, como no es productora, no tiene control sobre los papeles que le ofrecen. «Soy como una chica que espera que la saquen a bailar», dijo entonces con vocecilla frágil. «Nunca hago movimientos estratégicos para que mi carrera suba». Descartado entonces que sus últimos papeles (el de Mamma Mia! y El diablo viste de Prada) hayan marcado un viraje voluntario a la comedia. «Bueno, el próximo papel que voy a hacer es el de una madre superiora sin ningún sentido del humor», atajó.

Seguían las preguntas y ella, barriendo con la mirada, buscaba al interlocutor y hacía otra interpretación. Rechazó nombrar una sucesora, igual que Bette Davis la designó a ella: «No soy tan vieja, nena. Y no me he retirado».

Rompió una lanza por la mujer («Siempre que me encuentro con la prensa, reviso mi currículo y descubro muchas historias de mujeres interesantes. Pero estoy segura de que cada una de las mujeres de esta sala tiene secretos, tristezas, problemas»), confesó ser una mujer dominante en los rodajes y definió la profesión en términos genéticos («Estás en el cuerpo de alguien y la gente te cree. Nuestro ADN está hecho con piezas de nuestros antepasados, así que somos mezcla de gente»).

En un momento dado, Streep tuvo que dejar de jugar cuando, ante una pregunta enrevesada se quitó los auriculares: «Lo siento, pero creo que el tipo de la cabina ha estado bebiendo». Le interrogaban por cuál sería la mejor cuestión que le podrían plantear y cuál sería su respuesta. «Me preguntaría si sigue importando la ficción en el cine ahora, en una época en la que hay tanto reality, tanto acceso a la información y cámaras por todas partes». Y aquí sí que dejó de jugar a traducir: «Lo siento, pero no tengo la respuesta para esto».

Las divas, cuestión de apetito

Versátil, profesional, reciclable... Parece que Meryl Streep ha dejado seca la profesión con su capacidad para la actuación. Dos Oscar y otras 12 candidaturas la avalan como una intérprete reconocida. Pero ella sigue queriendo nuevos papeles.

Dijo que lo que le mueve a cogerlos es «el apetito: no importa cuánto y cuán bien hayas cenado la noche anterior; al día siguiente por la noche volverás a tener hambre». Luego se refirió a «lo frustrante que es» seguir los problemas de su hija, que ha seguido los pasos de mamá, para salir adelante en el oficio, en un momento en que «el márketing ha pasado de ser una parte pequeña hasta ser así». Y abrió los brazos para tratar de abarcar un gigantesco pedazo de aire en la tarde en que San Sebastián la reconoció como una de las más grandes del cine de las últimas décadas.





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