
Nacido en un barrio residencial a las afueras de Sydney, Hugh Michael Jackman (1968) quería en principio ser periodista, pero acabó obteniendo un papel, en 1995, en la telenovela australiana 'Correlli', donde conoció a Deborra Lee Furness, su actual esposa.
Más tarde, se convirtió en estrella del teatro musical gracias a su interpretación de Gastón en 'La bella y la bestia', y de Joe Gillis en 'Sunset Boulevard', y fue nominado para el premio Laurence Olivier en 1998 por 'Oklahoma!'
Tras haber rodado películas con Bryan Singer ('X-Men'), Christopher Nolan ('El truco final') y Woody Allen ('Scoop'), su fama en Hollywood ha alcanzado niveles increíbles.
Pregunta.- ¿Podría describir el largometraje de Baz Luhrmann?
Respuesta.- Es una película de aventuras romántica; el proyecto más grande que se ha rodado jamás en Australia y un filme que reúne en uno Lo que el viento se llevó, Memorias de África y La reina de África. Para mí, ha sido el papel de mi vida. Lo que más me gusta de Baz Luhrmann como director es que en sus películas siempre se rompen las normas de la sociedad y el amor acaba conquistándolo todo.
P.- ¿Qué tal ha sido la experiencia de trabajar junto a Nicole Kidman?
R.- Superó todo lo que podría haber imaginado. Nicole vino a una fiesta en mi casa hace dos años, y para entonces sabía que yo estaba hablando con Luhrmann sobre la posibilidad de trabajar en este filme. Le pregunté si había leído el guión y me contestó: "Como es una película de Baz, no me hace falta ver el guión". Hay pocas actrices de primera fila que acepten trabajar en un proyecto sin leerse antes el guión. No es de extrañar que tuviera, y con razón, una fe enorme en Baz. Lo que más me llamó la atención de ella durante el rodaje es que, al descubrir que estaba embarazada, sufrió bastante, y se sentía indispuesta por las mañanas. Lo cual no fue obstáculo para estar lista durante 14 y 15 horas seguidas. Es muy trabajadora.
P.- Al final, usted se hizo con el papel que en principio estaba destinado para Russell Crowe...
R.- Russell se retiró por sus diferencias con el estudio. Entonces se manejaron varios nombres para reemplazarlo, entre ellos el de Heath Ledger. Tuve la suerte de obtener el papel.
P.- ¿Qué tal fue la experiencia de volver a su país natal para rodar una superproducción como ésta?
R.- Fue una gran aventura. Se pasa mucho calor cuando montas a caballo bajo un sol candente durante tantas horas si encima estás en mitad de un páramo. Pero no fue lo único: durante el rodaje nos sorprendió una tormenta del desierto y tuvimos que permanecer cinco días en las tiendas. Lo más curioso de todo es que, cuando terminamos, me quedé en Australia para volver a hacer de Lobezno.
P.- ¿Se siente presionado por la expectación que rodea su participación en Lobezno?
R.- Con el éxito de cada entrega de 'X-Men', la única presión que he sentido ha sido la de seguir mejorando. Es la única que no ha disminuido.
P.- ¿Deseaba volver a interpretar a Lobezno por cuarta vez?
R.- Sí, lo adoro. A pesar de lo duro que resulta hacer estas películas, me lo paso pipa. Trabajar en 'X-Men' es como regresar a casa.
P.- Lobezno le ha convertido en un símbolo sexual...
R.- Al principio me dio un poco de vergüenza, pero el atractivo sexual tiene que ver más que nada con la confianza en uno mismo y cierto sentido de aventura. Por eso, las estrellas del rock son buenos modelos de «sex appeal». El humor también puede hacer que una persona parezca sexy.
P.- Obtuvo el papel en Australia cuando Russell Crowe abandonó y dicen que tampoco era la primera opción para interpretar a Lobezno en X-Men. ¿Es cierto esto último?
R.- Bryan Singer, el director de aquella película, quería a Dougray Scott. De hecho, retrasó el proyecto para esperarlo. Dougray debía terminar su papel de malo en Misión imposible 2 antes de comenzar 'X-Men' pero se lesionó en el rodaje. Y Bryan no podía seguir esperando. Yo me había presentado a los ensayos en Londres (entonces actuaba en 'Oklahoma!') y, cuando Bryan me llamó, ya estaban rodando en Toronto. Cogí un avión, hice otro ensayo y me contrataron allí mismo.
P.- ¿Soñaba con ser la estrella de cine que hoy es cuando era joven en Australia?
R.- No, entonces sólo quería ser actor de teatro. Me parece sensacional ganar ahora más dinero de lo que jamás pensé, haber viajado tanto y conocer la gente que conozco. Pero nunca lo he hecho por esto. Me sentiría también feliz trabajando en el teatro del pueblo en el que nací.

Un solitario aventurero se cruza en la vida de una aristócrata inglesa que acaba de enviudar. ¿Imaginan lo demás? La pareja la forman Hugh Jackman y Nicole Kidman.
Mide un metro noventa y posee una sonrisa espectacular. Que Hugh Jackman está de moda no lo duda nadie. Además de colgarse la etiqueta del hombre más sexy del globo, será el próximo presentador de los Oscar. Mientras esto llega, estrena una cinta de amor y aventuras, «Australia», dirigida por Baz Luhrman, en la que comparte plano con Nicole Kidman. El actor nos recibió en Nueva York para hablar de este trabajo.
-¿Cree que «Australia» puede cambiar la visión del país?
-Efectivamente. A mí me sucedió. A los diecinueve años viví durante un tiempo en la región donde grabamos la película y verlo otra vez me ha impresionado.
-¿Representa la idea del nuevo héroe de la gran pantalla?
-Bueno... Yo crecí con las películas de los 80, con Stallone y Schwarzenegger como héroes y le aseguro que jamás quise convertirme en uno de ellos. Mi personaje en «Australia» tiene facetas del héroe que resultan muy atractivas. Me gusta, por ejemplo, su personalidad de guerrero, que de alguna forma recuerda a Clint Eastwood, con una tranquilidad interior que asusta.
-Entre usted y Nicole Kidman hay unas cuantas escenas de pasión en el filme. ¿Le importó a su esposa?
-Antes de ir al rodaje yo le advertía, y ella me decía: «Está bien, aunque casi preferiría no saberlo» (risas). Mi esposa es gran amiga de Nicole. Ambas compartieron apartamento de jóvenes. Digamos que este tipo de escenas las tiene superadas...
-¿Lleva bien la etiqueta de «el hombre más sexy del mundo»?
-Me divierte, aunque no sigo este tipo de listas. Sé que es importante la apariencia o el vestuario, pero eso es producto del publicista. Soy un hombre felizmente casado, y eso es lo único que me interesa.
-¿Fue importante para usted seguir un método de trabajo a la hora de rodar?
-Fue vital. Trabajaba, dormía y poco más. Mi régimen de comidas era muy estricto y acudía al gimnasio. Allí me colocaba los auriculares y escuchaba a Metallica a toda pastilla. Era la única manera de relajarme. El yoga y el tai chi me han ayudado mucho en mi trabajo.

MADRID - Había planeado tres grandes obras sobre la épica en las que introducir todos esos elementos de comedia, drama y aventura, pero Australia es la primera y casi me mata": Baz Luhrmann se confesó en Madrid ligeramente desanimado para abundar en una segunda trilogía –la primera fue una deconstrucción de la farsa musical formada por El amor está en el aire (1992), Romeo+Julieta (1997) y Moulin Rouge! (2001)–, dedicada a la épica romántica, lo que podríamos llamar el novelón de celuloide, tras experimentar los sudores que requiere en esta mastodóntica Australia. Así que una y no más.
El género andaba cabizbajo desde las desapariciones de Anthony Minghella –El paciente inglés (1996) y Cold Mountain (2003)– y Sydney Pollack –Memorias de África (1985) y Habana (1990)–, responsables de cuatro títulos que, con resultados disímiles, remedaban la épica romántica, un lenguaje del Hollywood clásico por lo demás casi desaparecido del cine contemporáneo. Una historia de amor en un territorio en buena medida incivil –fértil para personajes fronterizos en el tiempo tanto como en el espacio–, hostil a los amoríos convencionales y sacudido por violentos sucesos de trascendencia histórica, un espacio al que la ley apenas ha llegado y en unas circunstancias en las que la que hay palidece son los elementos comunes al género que Luhrmann ha orquestado para lucimiento de sus estrellas, Nicole Kidman y Hugh Jackman.
La II Guerra Mundial tiene en Australia una segunda derivada, el caso de la llamada generación perdida, los mestizos hijos de blanco y aborigen que eran arrebatados a sus familias e ingresados forzosamente en islas-misión. Una política que "devastó a la población indígena, entre los años 30 y los 70", en palabras de Luhrmann, que, como ilustración de la ignominia señalaba que si Obama hubiera nacido en Australia, "es muy posible que el gobierno se lo hubiera llevado y lo hubiera metido en una de esas islas".
Además de los elementos imprescindibles para la epopeya amorosa, Luhrmann, como Fleming, añadió unas buenas dosis de aventuras fronterizas de puro western clásico y quiso salpimentar la peripecia dramática con abandonos cómicos muy del estilo de La Reina de África (1951), de John Huston, en los que era fundamental la fe de los actores. "No ha sido fácil para ninguno", decía Jackman, que confesaba sus dudas sobre el tono humorístico de algunas escenas: "Cuando me ducho con el torso desnudo pensaba que el público se iba a reír [la escena está rodada en una paródica cámara lenta], pero Baz decía que funcionaría siempre que fuéramos valientes, y me di cuenta en la première que Nicole está brillante y graciosa".
Una de las razones que hacía imprescindible esa distancia irónica sobre los personajes es su trabazón arquetípica, que define un amor de aguerrido hombre de frontera, poco dado a lazos, y señoritinga venida de la estirada Inglaterra victoriana, casi un calco de la pareja de Memorias de África o de la de Mogambo, donde se pone en marcha la pugna entre el varón, libérrimo e itinerante –el viejo rasgo del cazador recolector nómada–, y la dama, hermosa, pero atada a la casa –a la crianza de la progenie–, sea esta una granja en África, en el norte de Australia o un rancho entre campos de algodón. Un esquema, el del romance en tanto doma, que Sydney Pollack logró hacer funcionar en Memorias de África y cuya vigencia aborda ahora Luhrmann.

No cuesta imaginarse a Baz Luhrman (Gales, Australia, 1962) como comentarista de moda chic o exquisito decorador de Manhattan. Recibe a El Cultural en una suite del Ritz madrileño impecablemente vestido, con un rictus de perpetua perplejidad y los ojos abiertos como platos. Es uno de esos hombres que dice “fabuloso” continuamente alargando mucho la primera “o”. Le acompaña su mujer Catherine Martin, emérita diseñadora de producción y vestuario con la que ha trabajado en sus tres últimas películas. Por la penúltima, la muy popular Mouline Rouge! (2001), Martin se llevó a casa dos Oscars. Ambos trabajan codo a codo, no en vano las películas de Luhrman recrean mundos de fantasía dominados por la teatralidad y un artificioso sentido de lo ampuloso y excesivo. Son adjetivos que vuelven a venir al caso para describir la primera película del director en siete años, Australia, una superproducción épica en la que Kidman, que adquirió su condición definitiva de superestrella con Moulin Rouge!, vuelve a ser la protagonista en la piel de una aristocrática dama británica de mediados del siglo XX que termina pastando ganado por las llanuras de nuestras antípodas. En Australia, Luhrman se comporta de nuevo como unvocacional reventador de géneros clásicos para darle el inevitable toque kitsch a un filme que hunde sus raíces, de forma plenamente consciente e incluso autoparódica, en el más prototípico épico hollywoodiense. Le da toques de exotismo y, sobre todo, extravaganza: de David Lean (Lawrence de Arabia) al delirio de Cecil B. De Mille (Cleopatra) pasando por filmes como Lo que el viento se llevó o, incluso, Memorias de África, de la que sería una versión alternativa y guiñolesca.
Luhrman rueda poco y el éxito le ha sonreído hasta que Australia ha recibido críticas inusualmente duras en su carrera.
– ¿Se esperaba mayor entusiasmo con la película?
– Es cierto que he recibido peores críticas que otras veces. Pero hay medios como el New York Times o Hollywood Reporter que siempre me habían apoyado y continúan. El problema es que hay gente no ha entendido nada de lo que quería contar.
Luhrman incluso cita, como si los pisara, tres o cuatro medios antagonistas en un extraño ejercicio de masoquismo pero en seguida recupera la compostura para defenderse: “Lo que yo quería era ofrecer al espectador las mismas sensaciones que yo tuve cuando era un niño de una provincia de Australia y me metía en el cine a ver las grandes películas de Hollywood. Hay elementos de romance, de comedia, de slapstick y de melodrama clásico. Algunos critican que hay demasiados cambios de tono, lo que yo digo es que lo que importa es la experiencia. Se trata de que el espectador se sumerja en un mundo aparte y deje de lado todo su cinismo”. Pero no sólo quería poner de relieve esas sensaciones de infancia, también buscaba “un lenguaje cinematográfico nuevo y moderno”.
Fue en 1992 cuando Baz Luhrman saltó a la fama internacional gracias a una película modesta como El amor está en el aire. Esa producción australiana, mezcla de género deportivo y musical sobre una pareja de bailarines de salón conectó de una forma inesperada con una audiencia internacional. El éxito permitió a Luhrman saltar a Hollywood, allí rodó en 1996 Romeo + Julieta, versión posmoderna de la obra de Shakespeare que convertía a Romeo en un pandillero con el aspecto de Leonardo DiCaprio y a Verona en un barrio de Los Ángeles. Hasta el delirio de Moulin Rouge!, filme en el que el imaginario del cabaret francés tradicional se aliaba con las canciones de Madonna con resultados insospechados. Concluía la llamada trilogía de “la cortina roja”, género definido por el propio Luhrman como aquél en el que “el público sabe desde el principio cómo va a terminar la película; sucede en un mundo creado; tiene que haber canciones, algo de baile, y la audiencia debe permanecer despierta. Finalmente, son tragedias cómicas, algo poco usual en la narrativa occidental”. Finiquitada la era de la “cortina roja”, Luhrman quiso iniciar otra trilogía basada en la épica. El primer proyecto, sobre Alejandro Magno, se canceló cuando Oliver Stone rodó su versión en 2004: “Aquello fue deprimente”, explica Luhrman.
Inefable Luhrman
“Fue todo un año de mi vida malgastado. Yo sabía muy bien cómo quería hacer esa película. Para curarme del chasco, me trasladé con mi familia a París y allí me di cuenta de que necesitaba regresar cinematográficamente a mis raíces. Fue así como surgió Australia. Un buen día, cuando tenía la historia al completo reuní a mis colaboradores habituales: a mi mujer, a mi supervisor musical, los coguionistas y, por supuesto, Nicole e hice lo mismo que con todas mis películas: se la conté interpretando yo mismo todos los personajes. Es un numerito de teatro que hago fabulosamente”.
El signo y el símbolo
Fue en el salón de esa casa de París donde empieza el recorrido de un filme en el que realidad y mito forman una verdad indisociable. Aunque es posible que la mayoría de espectadores estén de acuerdo en que Australia es una película entretenida pero algo trivial, para Lurhman se trata de mucho más. Su mujer adelanta su proceso de trabajo: “En la primera escena, Nicole Kidman pierde todo su equipaje. Después, sin embargo, sigue primorosamente bien vestida para nuestros ojos. Nos preguntamos de dónde podía sacar la ropa. Nos enteramos de que en esa época en Australia se vendía mucho textil chino. Algunos modelos estaban bien aceptados por la sociedad dirigente británica, pero otros, como el vestido rojo que lleva en el baile, eran de mal tono. Son esos detalles los que hacen la película creíble”. Baz Lurhman, entusiasmado, prosigue:
– En nuestras películas jugamos con el icono, con el signo y el símbolo pero al mismo tiempo procuramos que sea realista. Por ejemplo, con el personaje del pastor (Jackman), por una parte nos hemos preocupado de que la ropa que lleva sea la misma que en esa época. Hay signos, algunos más sutiles, como la marca de las botas o más evidentes como el sombrero. A partir de esos signos, creas unos símbolos que nos llevan hasta el icono cinematográfico del aventurero que representa. Es en esa frontera entre el icono y lo verdadero en la que nos movemos continuamente.
Luhrman también ha querido subvertir los clásicos esquemas del género. Si normalmente en las películas de aventuras el protagonista es un buen mozo algo ingenuo en temas sexuales que descubre los placeres de la carne a través de una mujer voluptuosa en este filme es al revés. “Jackman ejerce como verdadera bomba sexual. Representa lo salvaje y lo voluptuoso para una mujer que ha crecido en un ambiente muy oprimido. Lo que más me interesaba era, precisamente, ese cambio que experimenta el personaje de Nicole Kidman”. Y aunque el filme plantee el asunto del trato a los aborígenes a partir de un niño mestizo criminalizado, no el del derecho de los sajones a instalarse en un país que no era suyo. Claro que, según Luhrman, “la idea es que todos podemos convivir donde queramos”.

El rodaje de su última película cambió para siempre su vida. Ella creía que nunca podría tener hijos biológicos, Pero no era así. ¿Qué pasó en el mágico territorio del desierto australiano? XLSemanal estuvo con la estrella aquellos días...
A sus 41 años, Nicole Kidman sorprendió al mundo hace unos días con esta declaración en el estreno en Sídney de su nueva película: «Me encuentro en paz y feliz. No sé qué será de mi futuro, pero hay muchas cosas que me apetecen aparte de actuar. Creo que voy a elegir tener más hijos». Las palabras de la actriz, nacida en Hawái y criada en Australia, son el resultado de la drástica transformación que ha experimentado su vida en los últimos años. Pero ¿de quién es la `culpa´?, ¿a qué se debe ese cambio? Por un lado, fundamental, está su enlace con el ídolo country, Keith Urban, el 25 de junio de 2006. Por otro, su estancia de varios meses en el outback, el desértico interior australiano, donde hace un año finalizó el rodaje de Australia [estreno en España, 25 de diciembre]. Allí, en la tierra mágica e inabarcable de los aborígenes, Kidman se quedó embarazada. Meses después, dio a luz por primera vez en su vida. Desde entonces ya no es la misma.
Antes de su boda vivía en Los Ángeles, estaba convencida de que no podía engendrar bebés –sufrió un aborto y un embarazo ectópico durante su matrimonio (1990-2001) con Tom Cruise, padre de sus hijos adoptados, Isabella y Connor, de 15 y 13 años– y jamás había viajado al interior de su país. Ahora vive en una casa de campo en Tennessee –«nuestro lugar sagrado, el sitio perfecto para criar niños y envejecer», revela– y el pasado 7 de julio dio a luz a una niña llamada Sunday Rose. El ‘milagro’, asegura la actriz, se lo debe a su particular travesía en el desierto, donde vivió una experiencia que no olvidará jamás.
Al escuchar a Nicole hablando de su futuro es difícil olvidar las palabras que pronunció en agosto de 2007, en pleno outback, mientras hablaba con XlSemanal en el rodaje de Australia. «Ésta es una película sobre el paisaje y la experiencia del mismo, de cómo puede afectar a nuestras vidas.» En aquellos días, antes de que su barriga empezara a crecer, la actriz asistía cada mañana, camino del trabajo, a un sobrecogedor espectáculo natural en una de las regiones más remotas, salvajes y bellas de la Tierra.
El camino entre Kununurra, la ciudad-oasis donde se alojaba el equipo de la película, atraviesa un inquietante bosque de baobabs, esos árboles que parecen enormes zanahorias secas de corteza acorazada enterradas del revés. De vez en cuando, un canguro cruza la carretera. Paralelo al quebrado asfalto fluye un caudaloso río de aguas verdes jalonado por carteles que alertan: «¡Cuidado con los cocodrilos!». «Cuanto más tiempo pasas aquí, más cosas carecen de importancia. Hay una energía especial –confesaba Nicole, protegida del sol cegador por un polvoriento stockman [cowboy australiano] con sombrilla–. Pisamos un lugar mágico.»
Un año después, en sus primeras declaraciones tras el parto, Nicole atribuyó su embarazo al efecto milagroso de aquella remota región del planeta: «Nunca pensé que me quedaría embarazada y daría a luz, pero pasó. Y como yo, otras seis mujeres. Hay algo allí…».
Sunday Rose ya tiene cinco meses y da la impresión de que su madre no acaba de creerse el milagro. «Lloro sólo de pensar en ella; lágrimas de alegría –confesó hace unos días a la revista Parade–. Soy novata en esto y sigo emocionada. Hacía tiempo que había desistido de la idea de dar a luz.» La maternidad natural a los 40, asegura Kidman, ha transformado buena parte de su perspectiva vital. «Es una sensación agridulce. Pienso en cosas como: ‘Quiero estar por su 21 cumpleaños y asistir a su boda’. Pienso más en permanecer en este mundo. Cuando tienes hijos a los 25, aún conservas esa actitud de: ‘Lo que haya de ser, será’. Antes, me lanzaba en paracaídas desde un avión sin preocupaciones. La edad condiciona por completo la forma de ser madre.»
Al efecto del outback y la maternidad en su vida se une la conversión en granjera pocos meses antes de comenzar el rodaje de Australia. A principios de 2007, Nicole y su marido se mudaron a una granja de Tennessee. Urban, nacido en Nueva Zelanda hace 41 años, acompañó a su esposa en su viaje al interior del país donde ambos se criaron. «Él no suele venir al rodaje, se queda en casa, pero hacemos muchas excursiones. Estamos viviendo juntos esta aventura», señalaba Kidman. Casi se puede decir que la pareja celebró en Kununurra su verdadera luna de miel. De la primera disfrutaron poco. Después de la boda, el cantante ingresó en un centro de rehabilitación para alcohólicos. «Aquello nos acercó mucho, tuvimos que desnudar nuestras almas –confesó Nicole en medio del desierto, su silueta ajustada en un vestido blanco rematado por finos botines de Ferragamo–. Vivimos en tres meses lo que otras parejas en diez años. Bajas al infierno y regresas.» Ahora, convertida en madre, aquellas palabras enlazan con sus confidencias a Parade: «Hemos alcanzado un lugar de mucha paz. Es un sitio hermoso».
La ‘aventura’ de Kidman en el outback incluía un madrugón, tomar un poco de melón, ver salir el sol y descubrir las bellezas de la región de Kimberley [Australia occidental] en sus días libres [lagos, cascadas, caprichosas formaciones geológicas…]. «No sé si has contemplado ya un amanecer, o el atardecer, son una obra de Dios», afirmaba. Al cabo de unas horas, la naturaleza le daba la razón: al caer la tarde en el outback, el sol tiñe de naranja oscuro las rocas de la llanura, la corteza de los baobabs refulge y Baz Luhrmann, director de Australia, aprovecha esta iluminación cortesía de extrañas fuerzas naturales para filmar la última escena del día.
Australia es la mayor producción aussie [`australiano´ en inglés] de la historia, con un presupuesto superior a los cien millones de dólares. Reconstruir el bombardeo de Darwin del 19 de febrero de 1942 [el Pearl Harbor local], conducir 1.500 cabezas de ganado por el desierto, fabricar más de 2.000 trajes o rodar a 4.000 kilómetros de Sídney en medio de la nada resulta carísimo y todo un juego de equilibrios en materia de producción. «En esta película, casi todo es real.» Lo dice, orgulloso, Luhrmann [también autor de cintas como Moulin Rouge! o Romeo y Julieta], conocido por su tendencia a la grandilocuencia.
«Ya no se hacen películas como ésta –añadía Kidman, bebiendo agua para mitigar una temperatura de más de 40 grados, mientras una sombra oscura se extendía alrededor de sus axilas–. Siempre soñé con trabajar en una producción así, como ésas llenas de pasión que veía de niña: Lo que el viento se llevó, Doctor Zhivago…» Su interpretación de Sarah Ashley, sin embargo, la aristócrata-ganadera en cuya piel se metió varios meses, carece del calado de la Scarlett que Vivien Leigh enmarcó en la historia del cine o de la quebradiza Lara de Julie Christie.
En oposición a la lactescente piel de Nicole, la de Hugh Jackman, su compañero de aventuras en Australia, parecía una quemadura de primer grado, a tono con su personaje: un stockmen duro hasta la caricatura. Jackman, antes de la primera toma del día, ofrecía un consejo para recién llegados. «Quítate los zapatos y siente la energía con los pies. Es territorio aborigen.» Los `dueños originales de la tierra´, como denomina Jackman a los nativos de su país, están presentes en toda la producción. El niño mestizo Brandon Walters, de 12 años, es, de hecho, el verdadero motor de la cinta. «Aquí han vivido personas desde hace miles de años –reflexionaba Nicole con entusiasmo–. En ellos, notas la acción del tiempo. Es algo único. En cierto sentido, me siento como mi personaje, arrebatada por una turbación al descubrir la refinada fiereza de esta tierra.»
La fascinación por la cultura aborigen es un elemento unificador entre los protagonistas de la producción. «Es algo que hablé con Baz hace ocho años –revelaba Nicole en un descanso–; hacer un drama que identificara Australia de una manera amplia, incluyendo a las personas que han vivido aquí desde hace más de 40.000 años.» El concepto sintoniza con el catártico proceso que su país parece vivir en los últimos tiempos en relación a las zonas oscuras de su pasado. El pasado febrero, de hecho, el primer ministro australiano, Kevin Rudd, pidió perdón «sin reservas» por las sucesivas leyes y políticas que, durante más de 200 años, «han causado un profundo sufrimiento, dolor y pérdidas» a quienes nunca han sido considerados como ciudadanos de pleno derecho. En las calles de Kununurra, las decenas de aborígenes con problemas de alcoholismo que rebuscan comida entre las basuras son muestra irrefutable del impacto negativo del blanco en la vida de los 450.000 indígenas –dos por ciento de la población– que luchan por mantener viva la cultura más antigua de la humanidad.
A pocos kilómetros de allí, por ejemplo, se abre la explotación diamantífera de Argyle, famosa por sus exclusivas gemas rosas, de la que se extraen 12 kilos al día de carbono puro cristalizado. Los aborígenes realizan en ella los trabajos peor pagados, pese a que la mina ha sido desde tiempos inmemoriales un lugar sagrado para ellos. Buena parte del equipo de Australia, de hecho, dejó por unos meses su puesto en Argyle para sacarse un dinero extra en el negocio del cine. Anherm, un oscuro gigante que observa sonriente los pies descalzos del visitante –«¡Podría pisar un diamante!», bromea–, es uno de ellos. Aquí, asegura Anherm, «el cine está mejor pagado que el diamante».
En las leyendas aborígenes, la gema rosada es el corazón de un pez imposible de pescar. Simboliza la búsqueda de la perfección, la rectitud y la firmeza de carácter. Su energía aumenta la del cuerpo y abre y fortalece los chakras. Al parecer abrió los de Kidman. Más que un rodaje, la estancia en el interior de su país sugiere una experiencia trascendente, un walkabout; el viaje iniciático en el que los aborígenes se reencuentran con sus antepasados y se liberan de la influencia del blanco. Algo le ocurrió a Nicole. ¿Fueron los diamantes?, ¿la naturaleza salvaje?, ¿los espíritus aborígenes? Como diría Bob Dylan, la respuesta está flotando... en el outback.