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Terminator
La cuarta entrega de la serie creada por James Cameron en los 80 se refunda en una superproducción de 200 millones de dólares

Vuelve 'Terminator', el apocalipsis de culto


Christian Bale en plena faena contra los ‘terminators’ en una escena de la película de McG

BERLIN.- Finales de noviembre. La primera nevada del año sorprende a unos madrugadores transeúntes que, a la fuerza, aprietan el paso. Circulan en zig-zag. Hacen eslalon entre los primeros tenderetes de Navidad del año. Un grupo de periodistas ateridos de frío se congrega debajo de la cúpula del posmoderno Sony-Centre en la plaza Potsdamer de Berlín. Allí se encuentran unos cines; dentro de ellos, el director McG (Joseph McGinty Nichol) se dispone a presentar las primeras escenas terminadas de su película, Terminator salvation, o, si se prefiere, de una de las cintas -la cuarta entrega en su especie- de obligado cumplimiento en el año que se avecina (se estrena en mayo). Llámese blockbuster o, en fino, el último episodio hasta la fecha de uno de los iconos del cine de ciencia-ficción de todos los tiempos y, por extensión, de la cultura pop.

«Créanme. Se trata de una nueva experiencia visual», afirma el realizador ante una sala abarrotada. McG oficia de vendedor de crecepelo mágico en tiempos de alopecias económicas. La proyección se resuelve con unas escenas infectadas de acción. Es pronto para un juicio que, a estas alturas, sólo admitiría el calificativo de apresurado. Pero, eso sí, sorprende la textura ocre de la superficie de la pantalla. «La idea es provocar un nuevo lenguaje fílmico. Hablamos con la casa Kodak para que creara un nuevo tipo de celuloide que, básicamente, tuviera tres veces más plata de lo que es habitual. Eso altera la calidad del color dotándolo de un aspecto arenoso, áspero, elegiaco», comenta McG.

No en balde, la cinta se sitúa en un post-apocalíptico cenagal a la vuelta de la esquina: estamos en 2018 y el ejército de terminators comandado por el cerebro-programa Skynet han arrasado todo lo arrasable. ¿Todo? No, nuestro héroe, John Connor, interpretado por Christian Bale, se dispone a resistir. Los fans de la saga, que diera sus primeros pasos en 1984 con Arnold Schwarzenegger como figura totémica, se situarán rápidamente. Esta es la primera película de la serie (habrá dos más) que no discurre en nuestros días con viajeros del tiempo haciendo de las suyas. Directamente, se planta en la guerra de máquinas contra hombres que desencadena toda la aventura cinematográfica que ha recorrido las últimas tres décadas.

Para los más escépticos, conviene recordar que la serie Terminator, creada por el visionario James Cameron, no es un producto más entre mil destinado a vender palomitas. O, por lo menos, no sólo. Terminator 2. El juicio final, rodada en 1991, revolucionó el empleo de los efectos visuales como ningún otro filme, además de La guerra de las galaxias, hasta cambiar completamente el concepto visual de esa cosa llamada cine. Por primera vez, un personaje real fue enteramente generado por ordenador. Y, lo más relevante, por primera vez se transformó la idea misma de cómo encajar la tecnología en ese punto a medio camino entre el arte (el séptimo) y la industria (la primera de entretenimiento). «Cameron», comenta Charles Gibson, el encargado de los efectos visuales de Terminator salvation, «cambió las reglas. Hasta el estreno de T2, mi trabajo consistía en hacer lo que podía. A partir de entonces, la tecnología se ponía detrás del director para completar su idea visual».

«Estamos en un momento en el que el cine está en disposición de dar un salto hacia delante similar al que dio cuando se inventó el cine sonoro», afirma categórico McG. El director no duda en colocarse el mismo a la cabeza de esa vanguardia que, dice, transformará «tanto la industria como la experiencia de ver cine». El que habla, más allá de un nombre muy poco universitario, luce ciertos atributos para la profecía: suya es la marca de ser el director debutante en recaudar más dinero en un solo fin de semana. Su película Los ángeles de Charlie facturó cerca de 250 millones en todo el mundo.

«Pero, lo importante aquí», dice para atemperar envidias, «no es el dinero. Es la nueva experiencia que ha de sentir el espectador. El futuro es el 3-D». Su Terminator no es en tres dimensiones. La forma de narrar de McG, quizá. La cámara se desplaza a un ritmo que no conoce barreras, la aniquilación absoluta de la cuarta pared. Un estilo que le emparenta con compañeros de generación como Christopher Nolan o J.J. Abrams o los hermanos Wachowski.

Hasta la temática les emparenta. La película 11 de Star Trek, dirigida por Abrams, buceaba en el origen del mito, en la juventud de sus protagonistas. Exactamente igual que Nolan hiciera en la refundación de Batman y, de nuevo, como plantea McG en su Terminator. «La idea es ver el origen de la saga. La construcción de los terminators», dice. En definitiva, los tres convierten a sus personajes en protagonistas indiscutibles de la parte no académica de la cultura que forja imaginarios colectivos: el pop. «Crecí viendo el momento más glorioso que ha vivido la ciencia-ficción a finales de los 80 y principios de los 90. Desde Alien a Blade Runner pasando por Abbyss, La guerra de las galaxias o, claro está, Terminator», comenta el director con las pupilas encendidas.

La película llegará a los cines en plena temporada primavera-verano infectada de blockbusters. Todos ellos, dando vueltas a los 200 millones de dólares de presupuesto (éste es el declarado por McG). Watchmen, la adaptación de Zack Snyder del mejor cómic de todos los tiempos; X-men origins: Wolverine, nueva entrega de los superhéroes inadaptados a mayor gloria de Hugh Jackman; Star Trek; 2012, otro Apocalipsis de Roland Emmerich; Harry Potter, la penúltima entrega... y, a final de año, Avatar, del creador de todo esto: James Cameron.

El cyborg del nuevo Terminator es, precisamente, el protagonista de la cinta de Cameron: Sam Worthington. «Cameron dará la clave para saber en qué se va a convertir este negocio», concluye. Fuera, en la calle, ajeno a todo, lo más parecido al Apocalipsis terrenal y cinematográfico que promete McG lo encarna Papá Noel. Tan pesado con la campana como un T-800.

Tres veces 'T'

En cifras: El primer 'Terminator' costó poco más de seis millones y recaudó 78 en todo el mundo. El segundo multiplicó por cinco en taquilla los 100 millones de producción. El tercero 'sólo' dobló los 200 millones utilizados en su realización.

Bueno y malo: En 2003 The American Film Institute elaboró la lista de los 100 héroes y villanos de la historia del cine. Terminator apareció en el número 48 de los primeros (por 'T2') y en el 22 de los segundos (por la cinta original). Es el único personaje del cine incluido en las dos listas.

Idea original: James Cameron admitió que la idea para la película la 'cazó' en dos capítulos de la serie de ciencia-ficción de los 60 'The outer limits'.

La serie: Además de las cuatro películas, la saga cuenta con una serie de televisión: 'The Sarah Connor chronicles'. La historia avanza desde el final de 'T2'.





El 'cyborg' encabezó la edad de oro de la ciencia-ficción a finales de los 80 hasta convertirse en un icono pop

Un robot devorador de palomitas


Una imagen de ‘Terminator. La rebelión de las máquinas’ con Arnold Schwarzenegger prestando sus últimos servicios a la serie

BERLIN.- Terminator reúne en sí todas las características del mito, del mito pop. Desde un punto de vista meramente industrial, la primera entrega de la serie fue un producto (llámese así) de bajo presupuesto que hizo que un coste inicial de 6,5 millones de dólares se transformara en 78 millones de recaudación en todo el mundo. El segundo episodio, la película más cara en su momento en el que fue filmada, convirtió los 100 millones iniciales en justo el doble sólo en Estados Unidos. La crítica (esos señores que odian las palomitas) tampoco hizo ascos. El segundo Terminator figura en cualquier lista sin prejuicios que junte las 100 mejores películas de todos los tiempos (la revista británica Empire, sin ir más lejos la colocó en el puesto 35, hace dos meses).

Los máximos responsables de todo esto son dos: por un lado, el autor, James Cameron, y por otro, el hombre que prestó su imagen al icono. Y no nos referimos tanto al señor gobernador de California como al creador del exoesqueleto más célebre de la historia el cine: Stan Winston. Este hombre murió a los 62 años de edad el pasado verano precisamente durante el rodaje del último Terminator salvation. Winston, que en su momento confesó que se dedicó a este trabajo tras caer deslumbrado por El planeta de los simios, recibió tres Oscar a lo largo de su carrera: el primero por el hombre de metal líquido de T2 y los otros dos por su trabajo en Aliens, la continuación de la serie iniciada por Ridley Scott en 1979, también dirigida por James Cameron, y por las criaturas de Jurassic Park.

Pero sin duda, su trabajo más reconocible e imitado es la cabeza de latón mitad robot, la otra mitad Schwarzenegger (dos veces robot por tanto). En Terminator salvation no aparece el T-800, (ése es su nombre técnico) de todas las pesadillas cinéfilas. Sí lo hace, sin embargo, un modelo inferior, que se asemeja bastante al político californiano. Sería ésta la concesión en forma de cameo.

Terminator 4 insiste en la mitología que se diría directamente extraída del manifiesto del Unabomber que avisaba (consúltese en wikipedia.org) contra los males de la civilización. Eso, o si se quiere un menú más elaborado, recuérdese el mito de Prometeo. En la tercera y olvidable entrega de la serie, John Connor (Nick Stahl), el líder de la resistencia, era salvado in extremis junto a su señora (Claire Danes) del holocausto nuclear. En cada una de las película anteriores, el apocalipsis atómico era apenas entrevisto. Pues bien, ahora toda la cinta discurre en el caos a tiempo presente. El único viaje temporal, auténtica clave de toda la aventura, viene de la mano del personaje interpretado por Sam Worthington.

Por el camino, lo que el espectador, más allá de las promesas revolucionarias del director, encontrará es una serie de terminators que hará las delicias de los aficionados al lego. «De agua, de transporte, recolectores de humanos, con aspecto de motos... Todos ellos creados por Skynet para esclavizar a los humanos», comenta McG. Entre las muchas manos que han metido mano al guión (uno de ellos es Paul Haggis, el director de En el valle de Elah, que también figura en los créditos del último Bond), el director destaca a Jonah Nolan, hermano de Christopher, y también escritor de la historia de El caballero oscuro. «Si tuviera que citar dos películas que me han influido a la hora de concebir la historia, ellas son Hijos de los hombres, por la forma tan original de concebir un mundo devastado, y Batman beginns, por la voluntad de refundar una saga con tanta historia». ¿Y habrá más terminators? «De momento, yo he firmado dos película más... Todo, claro, si la audiencia lo permite».







McG

BERLIN.- El traje le sienta mal. Se diría que muy mal. Más que fuerte, su tipo se acerca a lo que las madres llaman fortachón justo después de propinar un pellizco en la mejilla. «Me encanta Berlín. Adoro esa pasión por reconstruirlo todo», dice. Se llama McG (Michigan, EE UU, 1968) y es el director de Terminator salvation. En su currículo se puede leer que con anterioridad se encargó de las dos entregas de Los ángeles de Charlie. Cine de acción sin concesiones a la tranquilidad de espíritu. McG estudió para psiquiatra («lo dejé porque mi interés por la materia se limitaba a intentar entender mis neurosis»), rodó varios vídeo musicales y... hasta aquí.

Pregunta.- ¿De dónde viene ese nombre tan...?

Respuesta.- Ya me estoy acostumbrando a empezar todas las entrevistas del mismo modo. Sé que suena mal, diría que ridículo, pero es mi nombre desde que era pequeño. No es un apodo para andar por Hollywood. En el colegio me llamaban así para acortar mi nombre entero Joseph McGinty Nichol.

P.- ¿Y qué puede aportar McGinty a una serie o franquicia tan popular, tan mítica y con James Cameron como creador?

R.- Siempre, hagas lo que hagas, partes de un material que te han legado. Por lo demás, no se trata de hacer simplemente una aportación artística. Esto es una película destinada al mundo entero. Es decir, se trata de que la vea la mayor cantidad de gente posible. Por otro lado, Terminator trata de un tema universal, digamos clásico, el poder autodestructivo del hombre. Un mundo único que explorar.

P.- ¿Cuál es el primer recuerdo que guarda de Terminator?

R.- Quizá era demasiado joven cuando vi la primera película. Me impresionó que fuera a la vez una película de intriga, de zombis y que replanteara completamente las reglas básicas de la ciencia-ficción. La segunda entrega es otra cosa, T2 expandió el universo visual en que se había manejado hasta entonces.

P.- Christian Bale como protagonista, Jonah Nolan en el guión... Se diría que Batman es su fuente de inspiración.

R.- Sin duda. Para mí, Nolan, como los hermanos Wachowski, por ejemplo, no han hecho otra cosa que regresar al espíritu de películas que han formado mi imaginario de cinéfilo como La guerra de las galaxias o Indiana Jones: películas de acción que son a la vez grandes películas. No se trata de llenar la pantalla de ruido sino de hacer cine independientemente del género que trate. ¿Qué hizo Kubrick si no?

P.- ¿Cuál es la salud del cine?

R.- Se está viviendo un renacimiento. Basta ver lo que ha ocurrido con el nuevo James Bond, o con Batman, o lo que está haciendo Zack Snyder con Watchmen. De nuevo, se tiene la sensación de que se vive una experiencia nueva.

P.- Se declara incondicional del 3-D y cita Avatar, la película en producción de James Cameron, como el camino a seguir. ¿No teme que el cine se convierta en un simple parque de atracciones?

R.- Vivimos un momento crítico. Con internet, los videojuegos, la televisión... El cine ha pasado de ser una experiencia única a ser una más. Ahora mismo los avances tecnológicos, empezando por las gafas de 3-D que no provocan dolor de cabeza, permiten pensar en una nueva manera de experimentar una película, no simplemente verla. El cine siempre ha sido una experiencia envolvente, comunitaria y, de alguna forma, las tres dimensiones pueden devolverle ese lugar de privilegio a la hora de vivir las historias. El cine es arte, industria y tecnología. Siempre ha sido así.





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© decine · 2008