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El Curioso Caso de Bejamin Button
Los efectos especiales de El curioso caso de Benjamin Button

Nadie maquilló a Brad Pitt


En su última película, Brad Pitt nace anciano y muere siendo un bebé. El proyecto llevaba 20 años sobre la mesa, detenido por la imposibilidad tecnológica de ponerlo en práctica

Si quiere usted saber qué aspecto tendrá Brad Pitt dentro de 35 años, El curioso caso de Benjamin Button, la última cinta de David Fincher (Alien 3, Seven, El club de la lucha...), tiene la solución al enigma. Por obra y arte de la era digital, Pitt, que acaba de cumplir los 45, ya saben, uno de los tipos más deseados del planeta y esas cosas, se convierte en la pantalla en un señor con el cuerpo y el rostro de un anciano de 80. Todo ello sin aplicarse un solo gramo de maquillaje, sin máscaras, sin prótesis ni nada parecido. «Cuando arrancamos el proyecto –rememora Eric Barba, responsable de los efectos visuales de la película–, David me dijo: ‘Brad debe interpretar el personaje de principio a fin, aunque parezca imposible.’» Resultado: una película sin trepidantes escenas de acción –«la actuación más sosegada de Brad», subraya Fincher–, pero con unos efectos revolucionarios.

Basada en un relato breve de F. Scott Fitzgerald, la historia de Benjamin Button desarrolla una antigua cita de Mark Twain: «La vida sería infinitamente más alegre si pudiéramos nacer con 80 años y nos acercáramos gradualmente a los 18». La adaptación al cine de esta idea, un hombre que nace anciano y rejuvenece cada día, se consideró durante décadas una tarea irrealizable. «A Brad y a mí –explica Fincher–, sólo nos interesaba si él podía interpretar al personaje en todas las edades. Los productores sentían verdadera curiosidad por saber cómo lo lograríamos. Les dije: ‘Ya se nos ocurrirá algo’.»

Víctor González es uno de los pocos españoles que ha conocido de cerca la producción de la película. Como cofundador de Next Limit Technologies, una empresa de efectos digitales con sede en Madrid que ya había participado en producciones como El señor de los anillos, Poseidón o Charlie y la fábrica de chocolate. Especializados en simulación de fluidos y creación de imagen sintética [en la cinta de Fincher recrean el Misisipi, el Atlántico, el Ártico y la antigua estación de Nueva Orleans], González siguió de cerca la transformación de Brad Pitt. Contado por él, todo parece muy sencillo. «Primero hicieron un molde físico de su cabeza, estudiaron cómo envejecería Pitt y crearon una réplica digital en 3D; luego la animaron con los gestos de Pitt [un sistema de 24 cámaras capturaba sus gestos para transferirlos a la cabeza digital] y, por último, la colocaron sobre el cuerpo de otro actor con el que originalmente habían rodado las secuencias –comenta González–. Utilizaron programas de tracking (rastreo) de movimiento y de gestos, pero lo más novedoso fue la perfección con que consiguieron acoplar la imagen digital a una escena rodada. El ojo humano es muy sensible, el mínimo fallo de sincronización o un desfase en la iluminación hubieran arruinado el efecto. Es un trabajo de absoluta precisión.»

Hasta aquí, cómo envejecer a Brad Pitt sin usar maquillaje. Este, no obstante, no era el único problema planteado por la regresiva existencia de Benjamin Button. Rejuvenecerlo, dice González, fue más ‘fácil’. Los técnicos, al menos, podían trabajar todo el rato con Pitt. «Primero grabaron sus escenas, y digitalmente le fueron quitando arrugas, las ojeras de sus 45 años, los pliegues de su cara –explica–. Para ello, al rodar, colocaron puntos blancos o cruces sobre las partes de su rostro que sería necesario limpiar; ojeras, hoyuelos, arrugas... Esas marcas permiten al ordenador identificar las zonas sobre las que debe trabajar. Por ejemplo, si he quitado una arruga junto al ojo, al moverse la imagen de Pitt de fotograma a fotograma, el ordenador sigue los puntos blancos y aplica la limpieza en toda la secuencia; es como un lifting digital.»

Todo este despliegue tecnológico está muy bien. Sin embargo, el gran logro de los efectos especiales del filme, cuyo presupuesto ascendió a 15 millones de dólares, es que pasan inadvertidos para el espectador corriente, que tiende a pensar que está contemplando una obra maestra del maquillaje. Como explica Eric Barba, «no se trata de impresionar al espectador, sino de crear una serie de herramientas que ayude a contar mejor una historia».

La frase de Barba es, en realidad, el principio básico que debe latir debajo de cada escena cinematográfica, se sirva uno de la tecnología o de la más pura artesanía. Una idea que, al parecer, obvió George Lucas en la última trilogía de Star Wars, saga fundacional de los efectos especiales modernos. De esa opinión es, al menos, Óscar Fernández Cervera, director de Biefec, una de las empresas españolas más activas en el campo de los efectos no digitales. «En el cine moderno llega un momento en que la tecnología es más importante que el argumento. Por ejemplo, un Yoda digital [el maestro jedi de Star Wars] es una auténtica aberración. No sé cómo Lucas pudo caer en eso. De hecho, esas tres películas son bastante peores, más frías, que las tres primeras de la saga.» Dicho de otro modo: no se trata de las herramientas, sino del artista que las usa.

Más allá de los avances digitales, la base del trabajo sigue siendo física. Incluso en películas como El curioso caso de Benjamin Button, todo comienza con un molde de Brad Pitt. Pese a los impresionantes avances tecnológicos, la mayoría de las películas aún necesita maquilladores para aplicar capas de látex, poner pelucas, máscaras, etc. Hoy en día, de hecho, cuando un efecto tiene naturaleza digital, deja de ser ‘especial’ para convertirse en ‘visual’.

En cualquier caso, cada vez más se combinan las composiciones de CGI (siglas inglesas de imagen generada por computador) con las secuencias filmadas. Los profesionales artesanales como Fernández Cervera no parecen muy preocupados. «Nosotros usamos el ordenador sólo para hacer facturas y presupuestos», asegura, cáustico. Bajo ese principio llevan más de diez años alimentando sin problemas a series como Águila roja, RIS, Hospital Central, MIR, Quart, Policías, Los Serrano, a películas como Mucha sangre y Agallas o, más recientemente, a la adaptación española del mítico Saturday night live. Lo suyo son las prótesis de látex y silicona, los brazos cortados, heridas, cadáveres, los monstruos o las quemaduras severas. «Para una película necesitaba saber cómo se abre un cadáver, por dónde se empieza a cortar –ilustra–, así que me iba al Instituto Anatómico Forense para consultar a un profesional. Ahora, con Internet es más fácil, ahí hay de todo. También uso libros de anatomía y medicina forense; tienes cadáveres quemados, ahogados, atropellados… De ahí saqué el modelo para maquillar a un personaje que queda completamente quemado en un accidente de aviación.» La pregunta, inevitablemente, es si concilia el sueño por las noches. «No creas, cuando paso tres días documentándome para algo de esto se me abre el alma, no se te va de la cabeza –reconoce–. Para desintoxicarme me cojo a la familia y, como el otro fin de semana, nos vamos de sidrerías al norte…»

En España, los profesionales como Fernández Cervera (admirador de maquilladores como Rick Baker, Oscar por Un hombre lobo americano en Londres, o Tom Sabini, el hombre tras las salpicaduras de Viernes 13) no abundan. Apenas cuatro o cinco empresas sobreviven, pese a llevar el oficio en la sangre. Un líquido, por cierto, del que depende buena parte de su credibilidad. «Es una seña de identidad –afirma rotundo–. Cada empresa tiene su fórmula. La nuestra está bajo llave. Es como cocinar, le añades ingredientes, rectificas… Si quieres te vendo unos litros, pero nunca te diré cómo la fabrico.» Así es, la sangre es la reina de los efectos especiales. Incluso empresas del ramo digital como la Next Limit de Víctor González dedican atención al líquido vital. «En la película 300, por ejemplo, todas las salpicaduras de sangre son nuestras», subraya, orgulloso.







El director de cine David Fincher, en el pasado Festival de Cannes

LOS ÁNGELES - David Fincher considera a ILM, la empresa de George Lucas, como su escuela de cine, pero su primera gran incursión en el campo de los efectos especiales no puede estar más lejos de las óperas galácticas de ese estudio. El curioso caso de Benjamin Button, que se estrena el 25 de diciembre en EE UU y en España el 6 de febrero, tampoco es una historia de amor, más bien una historia de "vida y muerte", una ficción que se siente real con el tono de filme intimista, casi de arte y ensayo, de los que se meten en el bolsillo a los académicos, pero con uno de los mayores presupuestos del año. Una película de autor donde Brad Pitt pone el corazón y la belleza y los efectos digitales se encargan de convertir a la estrella en un niño de pecho con el aspecto de un anciano de 80 años. Una historia corta de Scott Fitzgerald que Fincher transforma en un filme épico de más de dos horas y media. El director nacido en Denver (Colorado), en 1962 no puede más que reírse de sus incongruencias. "Soy muy volátil. Todos lo saben".

Pregunta. ¿Existe un estilo David Fincher?

Respuesta. Lo que te da un estilo, lo que te hace reconocible, es tu forma de resolver los problemas. Quizá a mí se me reconozca porque apago más luces que nadie y me gusta trabajar con amigos todo lo que puedo.

P. Como Brad Pitt, por tercera vez después de Seven y de El club de la lucha.

R. Es uno de mis mejores amigos. Pensamos de una forma parecida y lo mismo ocurre en el trabajo. Como director soy de los que apoyo a los actores para que puedan arriesgarlo todo y Brad sabe aprovechar la oportunidad. Siempre me pedirá más y yo le presiono para que acepte papeles donde tiene que utilizar maquillaje durante seis horas.

P. Maquillaje y efectos digitales de Digital Domain para interpretar al mismo personaje a lo largo de su vida.

R. Al final nos quedamos sin dinero y tuve que contratar niños para lo que le quedaba de vida, pero Brad fue Benjamin durante unos 80 años en esta historia. Ese era uno de los escollos que le veía al guión, que no me la imaginaba interpretada por cinco actores diferentes. Por eso dudé antes de hacerla. Incluso manteniendo a Brad durante toda la película tenía que cuidar mucho su fisonomía. Utilicé técnicas de captura de movimiento para su rostro, algo muy empleado en anuncios o con los especialistas de acción pero que aquí es algo más. No fue Brad Pitt, no son imágenes generadas por ordenador, es Benjamin Button.

P. ¿En quién pensó a la hora de envejecer el rostro más bello de Hollywood?

R. En los cuadros de Andrew Wyeth, en esos rostros expuestos a los elementos. También tomé como referencia fotos de Paul Newman de joven y en sus últimos años. O el rostro de Robert Redford.

P. ¿Consideró la posibilidad de contratar a un desconocido para esta transformación?

R. Lo pensé pero narro la historia de un pez fuera del agua y a su estilo Brad lo es. Nadie tiene esa imagen de él, le ven más como el hombre que lo tiene todo sin pensar que esa misma fama le convierte en un friki. Además valoré la afinidad del público con su rostro. Es imposible dar dos pasos en el mundo civilizado sin ver una foto suya. Esa afinidad permitirá al espectador identificarle durante toda la evolución del personaje y como dice Cate Blanchett en un momento del filme, es la imagen de la perfección.

P. El guión estuvo rondando su despacho desde 1991.

R. La primera vez que lo leí no era el mismo proyecto, lo consideré imposible de realizar y además lo iba a dirigir Steven Spielberg. Era su problema. Luego pasó a mi amigo Spike Jonze pero hubo cambios de guión que a él no le gustaron. Fue entonces cuando Eric Roth me buscó con un guión que parecía una guía telefónica, 240 páginas, pero que contenía elementos que me interesaban. Eso fue en 2001 y al año siguiente empezamos a hacer pruebas para ver si la película era posible dentro de un coste razonable. Al final fue como jugársela a los dados para demostrar que era posible.

P. Tras 122 millones de euros, diez meses de preproducción activa, unos nueve de rodaje y 19 de postproducción además del paso del huracán Katrina por Luisiana donde rodó la película, Benjamin Button es una realidad y un claro candidato al Oscar.

R. Como siempre que acabo una película. Lo mejor de hacer cine es terminar. Aunque también es un hecho que las películas nunca se acaban únicamente se abandonan.

P. ¿Cuáles fueron los elementos que tanto le gustaron del guión de Roth?

R. Que habla de la historia de una vida. Habla de la muerte. ¡Lo que se dice un best seller en Hollywood! Benjamin Button habla de dos vidas que se cruzan, y en ese cruce se aman con toda la intensidad, pero luego sus vidas continúan. Así es la vida.





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