
LOS ÁNGELES - Acaba de cumplir 71 años, 44 de ellos frente a la cámara. Sin embargo, cuando se menciona el nombre de Frank Langella los que reconocen su nombre lo vinculan al teatro, un medio en el que ha brillado durante décadas y en el que se sigue destacando. Hasta diciembre, este actor alto y de voz profunda protagonizaba con éxito A Man for All Seasons. Aunque se ha llevado innumerables Tonys y otros premios importantes para los hombres de las tablas, Langella nunca antes había obtenido una nominación al Oscar. Y aunque sus posibilidades de ganar este domingo son leves frente a los favoritos Sean Penn y Mickey Rourke, su trabajo es asombroso en el filme que ha dirigido con absoluta precisión Ron Howard basándose en un guión de Peter Morgan, el autor de la obra teatral en la que se basa el filme, y en la que Langella también interpretó a Richard Nixon durante los dos años que la puesta se mantuvo en cartel.
- Después de haberle interpretado en el teatro y en el cine ¿Qué le preguntaría a Richard Nixon si pudiera?
- No sé si tendría una pregunta para él, pero probablemente le diría que me he pasado mucho tiempo con él a lo largo de más de dos años. Le diría cuánto me gustaría expresarle cuán difícil es ver a un hombre de semejante brillantez política quedar a la merced de sus peores demonios interiores, y ver cómo después de haber recibido de los norteamericanos un mandato tan importante y con tanta popularidad, lo ha arruinado todo con un delito estúpido. No quisiera ser tan presuntuoso de decirle: "Qué picardía que haya recibido semejante talento como político para que el dolor humano que existe en usted haya terminado prevaleciendo sobre sus virtudes". Es que la verdad es que es algo que me da mucha pena, porque siento una gran compasión por él.
- ¿Le aprecia más ahora que antes de comenzar a interpretarle?
- Sí, decididamente. Ahora le valoro por su intelecto, y por lo importante que fue como líder en las relaciones exteriores. Creo que fue extraordinario en la diplomacia. Lo que hizo con China y su relación con los líderes de otros países estuvo entre lo mejor que han hecho los presidentes norteamericanos. Él era capaz de entender la forma de pensar de los líderes de otros países. Su capacidad para retener tantos conocimientos es simplemente remarcable.
- ¿En algún momento le preocupó tener que interpretar a alguien tan conocido?
- No, nunca me sentí presionado. Por lo menos no en exceso. Sabía que no podía aparecer en traje de baño con una peluca rubia... Sabía que no era una opción, por eso me pareció que debía lograr que fuera mi Nixon. Tenía que ser mi evocación de él. Me repetía una y otra vez: "Lo que quiero es la esencia de este hombre. No quiero imitarlo, quiero encontrar su esencia, lo que lo motiva. Quiero saber por qué desconfía tanto, por qué le tiene tanto miedo a las relaciones humanas... por qué está tan enojado y tan solo". Esas son las cosas en las que me concentré.
- ¿Vio las interpretaciones de Nixon de otros actores antes de decidir cómo ibas a encarar la tuya?
- Sí, miré varias de las cosas que se hicieron sobre Nixon porque es el presidente más imitado de la historia. Disfruté mucho estudiando todo ese material y observando el enfoque de los distintos actores, el modo en que lo interpretaron y la visión que de él tenía cada uno. Cada vez que tengo que hacer uno de esos grandes papeles clásicos me encanta ver lo que han hecho mis antecesores. Eso mismo hice cuando preparaba A Man For All Seasons. Mire cinco veces la película con Paul Scofield.
- ¿Qué fue lo que le atrapó originariamente de este personaje?
- Creo que fue, probablemente, la sensación de que no iba a resultarme fácil. No iba a ser uno de esos papeles que sólo requieren de una lectura y listo, ya sabes de qué se trata. Era un desafío y, en este momento de mi vida, me emociona poder enfrentarme a un gran desafío. En cierto punto, preguntarte si vas a poder hacerlo mantiene tu vitalidad. Es emocionante cuestionarte: "Soy capaz de darle vida a este hombre de modo tal que sea verdadero no sólo para mí sino también para el público?" Si bien al principio de la obra o del filme el aspecto o el modo de hablar del personaje puede resultar un tanto sorprendente, después de unos minutos mi intención es que los espectadores crean en mí por completo. Ese era el desafío cuando acepté interpretar a Nixon…
- Usted ya había pasado por la experiencia de interpretar el mismo papel en el teatro y en el cine con Drácula ¿Cuáles son los riesgos de esa transición?
- Sin duda es aferrarse a lo que dio resultados sobre el escenario y pensar que la única manera de que el personaje puede funcionar es como se hizo en el teatro. En los dos casos yo tuve una disciplina religiosa para abandonar las versiones teatrales de esos personajes para redescubrirlos frente a la cámara.
- A lo largo de su extensa carrera ha hecho casi un centenar de papeles para el cine y la televisión. Sin embargo, se sigue considerando un hombre de teatro ¿Por qué?
- Es que los papeles que uno puede interpretar sobre las tablas son mucho mas profundos que los que uno puede hacer en el cine. A mi me encantan los personajes épicos. Me encanta tocar temas importantes. Además me fascinan los clásicos como Strindberg, Ibsen, Shaw y Shakespeare y ya nadie está haciendo películas con sus obras. Para mi lo más importante es el autor, no el medio. El escenario me da la oportunidad de investigar a los grandes escritores, y hacer una comedia ligera de Noel Coward un año y una profunda tragedia de Srindberg el año siguiente.
- ¿Cual diría que es la clave para no aburrirse haciendo la misma obra todas las noches durante dos años?
- Basta con recordar que frente a ti hay mil personas que no vieron lo que hiciste la noche anterior. Uno se dice a sí mismo antes de salir al escenario: "yo he dicho estas palabras antes, he hecho esto mismo antes, pero la gente que está aqui no lo ha visto y yo les debo la experiencia". Y cada noche, la reacción de la audiencia te permite refrescar tu interpretación.
- ¿Es cierto que en un comienzo no le atraía mucho la idea de hacer películas?
- No, para nada. Hice mi primer filme a los veintiocho, veintinueve años y disfruté mucho de la experiencia. Antes de eso, nadie me había ofrecido nada, nadie me había propuesto hacer una película. Por suerte, mis dos primeros filmes fueron muy exitosos, así que puede decirse que empecé con el pie derecho en el mundo del cine.
- A esta altura de la vida ya no tiene la necesidad de trabajar con tanta intensidad, tranquilamente podría dedicarse a jugar al golf…
- Bueno, para empezar el golf me parece el deporte más aburrido del mundo... De todos modos, es cierto: en este momento podría estar haciendo un millón de cosas diferentes, pero a mi entender hay sólo dos cosas en la vida que merecen todo tu tiempo y toda tu atención: el trabajo y el amor. El resto son meros substitutos. Si tienes amor en tu vida y tienes un buen trabajo, no hay motivos para dedicarte al golf o a la natación, excepto de manera ocasional... aunque, en todo caso, el golf no sería lo mío. Creo que dejar de trabajar significa comenzar a marchitarse y morir, en especial en el caso de los hombres. Aquellos que quieren retirarse jóvenes son, en mi opinión, las personas que han dedicado su vida a un trabajo que les deja dinero pero no les da ninguna satisfacción. Mi trabajo me produce un gran placer, así que para mí cumple el mismo papel que el golf para otros.
- ¿Cuándo descubrió su pasión por la actuación?
- A los siete años…
- ¿Y cómo fue?
- Uno de los maestros de mi escuela entró a nuestra aula y preguntó si alguno de nosotros quería hacer de duende para una obra de teatro escolar. Yo levanté la mano y asi me dieron el papel del duende. La experiencia de salir a escena me encantó. Simplemente me gustaba el escenario. No sé por qué... supongo que ser uno de los actores allá arriba me parecía glamoroso y excitante. Una vez que empecé, no pude parar. Es lo que realmente disfruto hacer.
- Si ese maestro no hubiera entrado en su aula ¿cree que hubiera descubierto su vocación de otro modo?
- Seguramente sí. En ese sentido me considero un afortunado. Recuerdo que cuando terminé la universidad hubo una gran fiesta de graduación en la que estaban todos mis amigos. Esa noche, yo ya tenía todas las maletas hechas, listas en el baúl del auto porque al día siguiente me iba a un pequeño teatro de Boston para comenzar los ensayos de una obra en la que iba a participar. Sólo veinticuatro horas después de mi fiesta de graduación. Esa misma noche, muchos de mis amigos estaban sentados tomándose de la cabeza con las manos porque ya habían terminado de estudiar y todavía no tenían idea de qué querían hacer con su vida; no tenían una pasión y por eso creyeron que lo mejor era dedicarse a hacer dinero. Yo tuve la suerte de descubrir mi vocación de muy pequeño.
- ¿Nunca consideró otra profesión?
- No. Cuando deje de actuar, cuando no tenga suficiente energía o me empiece a fallar la memoria, voy a empezar a escribir. Eso es lo que me gustaría hacer. Es mi segunda opción.

Richard Nixon, el único presidente de EE UU que tuvo que dimitir (allí cumplen los mandatos salvo causa de fuerza mayor, dícese óbito) es también uno de los favoritos de la ficción, sea como protagonista o, las más de las veces, como secundario malévolo. Porque Nixon ha funcionado como un malo de Disney.
A la impopularidad de su política -la concordia con China, la distensión con la URSS o el fin de la guerra de Vietnam siempre han pesado menos en la memoria del país que la represión de las manifestaciones estudiantiles, el bombardeo de Camboya o el escándalo Watergate- se sumaban atributos de malvado arquetípico: su prodigioso intelecto y su completa ausencia de empatía. En clave de malo de cartón piedra aparece, interpretado por Buck McDancer, en la paródica Hot Shots 2 (1993), y en la estrafalaria Aventuras en la Casa Blanca (1999) encarnado por Dan Hedaya. La ficción televisiva también se cebó. Futurama (1999-2006), de Matt Groening, incorporó como personaje recurrente su cabeza en formol (con voz de Billy West), y comedias como Will y Grace (1998-2006) y Rockefeller Plaza (2006-2009) también tiraban del antipático presidente, encarnado por Reiley McClendon y Stuart Zagnit, respectivamente.
Volviendo al cine, Spike Lee hizo aparecer a Nixon (en la piel de Keith Jochim, quien ya lo interpretó en el teatro) en She hate me (2004). Todos los hombres del presidente (1976), de Alan Pakula, y JFK Caso abierto (1991), de Oliver Stone, sacaron su Nixon de imágenes de archivo, pero Stone reincidió en su fase de ajuste cuentas con la América de su juventud, en Nixon (2001).
Anthony Hopkins realizó una recreación altisonante, pero que fijaba un retrato - que no relato-verosímil de tan esquiva personalidad. Y, en ese sentido, la película de Ron Howard opera hoy como apéndice de aquella. La composición de Frank Langella, menos dada a la hipérbole y menos adornada de maquillaje, le ha hecho candidato al Oscar, lo mismo que Hopkins en 1996. Entonces, Nixon perdió. Segundo intento.

La muerte de W. Mark Felt, la fuente secreta de Bob Woodward, bautizada de manera ya imperecedera como Deep Throat (Garganta profunda), que jugó un papel tan decisivo en la información del caso Watergate en este periódico, acaecida durante la semana pasada, ha coincidido con la aparición de Richard M. Nixon en las pantallas de los cines en la interpretación de Frank Langella.